Grupos generadores de pertenencia

Conozco a un chico, pongamos que se llama Alejandro o Mohamed… o puede que fuera una chica y se llamara Estéfani, no recuerdo bien. Llegó a España hace unos seis o siete años, aunque podría ser alguno más. O menos. Vive con su madre, que llegó algunos años antes, dejándolo en su país con los abuelos desde que era pequeño para buscarse la vida aquí. La cosa estaba muy mal en su lugar de origen. Hablaban casi todos los días, se añoraban. A veces, lloraban por teléfono al escucharse, esperando que llegase al fin ese día en el que pudieran volver a estar juntos. Fantaseaban con lo bonito que sería poder traerlo a España para proporcionarle un buen futuro, más oportunidades que las que tuvo ella. De vez en cuando, la mujer reunía algo de dinero para poder ir a visitarlo algunos días, pero no siempre se podía. El pasaje estaba caro.

Un día, al fin, encontró un trabajo al que dedicar suficientes horas como para poder alquilar un piso donde poder vivir ambos y traerse a su querido pequeño. Un pequeño que ya no era tal porque, con los años, se había convertido en un adolescente. A su llegada, le buscó un centro donde recibir una buena educación, como la que reciben el resto de niños y niñas españolas.

Y la cosa empezó bien. Al resto de compañeros les causaba curiosidad y se arrimaban a él de vez en cuando. Pero esto no duró mucho. Pronto vieron que se expresaba de forma diferente, que tenía otras formas de comportarse que no entendían del todo y empezaron a alejarse de él. No sabían bien cómo tratarlo, de qué temas hablar, cómo acercarse e incluirlo en los grupos de amigos que ya se conocían desde hacía años. Algunos incluso se reían de sus dificultades para comprender lo que se hacía en el aula. “¿Cómo no sabes esto?”, le decían, haciéndole sentir cada vez más tonto e inútil. El sistema educativo español aborda contenidos que nunca había visto antes. De geografía y de historia. La lengua, aunque pareciera la misma, era diferente. Sus expresiones, su vocabulario, la sintaxis… todo era distinto. Más complejo, extraño. Lo más fácil para el resto de compañeros era no esforzarse en acogerlo, así que muchos le dieron de lado. Cuando en el descanso o a la salida conoció a otros chicos que también venían de otros países y se sentían igual de excluidos que él, ya era tarde, todos tenían fuertes heridas. A veces los insultaban a la salida y los buscaban para intimidarlos. Y, si protestaban, les pegaban. El miedo fue creciendo y haciéndose fuerte poco a poco en el interior de Alejandro o Mohamed o… Estéfani.

Los profesores tampoco parecían entenderle muy bien. No comprendían su apatía, su falta de motivación. Y, a decir verdad, él tampoco lo comprendía muy bien. Él no era así. ¿Qué le estaba pasando? Era incapaz de comprenderlo. A veces le regañaban por no hacer la tarea, por no participar, por tener que repetirle mil veces las cosas. Llamaron a su madre en multitud de ocasiones para realizar con ella tutorías a las que no podía asistir por cuestiones laborales. “¿Es que no se preocupa por él? ¿No es su hijo lo suficientemente importante como para pedir unas horas?”, pensaban los profesores. Cuando conseguía que se las dieran, tenía que recuperarlas quedándose más tarde en el trabajo y dejando a su hijo más tiempo solo en casa. Y, con el paso de los meses, el chico fue quedando relegado al final de la clase, sin que a nadie le importara demasiado.

En casa no era mucho mejor. Su madre trabajaba todo el día limpiando las casas o haciendo la comida para las familias de otros chicos con más recursos. Porque lo cierto es que, una vez aquí, los lazos que aparentaban ser tan fuertes desde el otro lado del teléfono, cuando estaba en su país, se tornaron débiles e incluso amenazaban con romperse aquí. El poco tiempo que estaban juntos lo pasaban discutiendo. Nadie con quien conversar al final del día. Todo eran órdenes, prisas y malas palabras, fruto del cansancio y del agobio. Su madre resultó ser una desconocida y ahora anhelaba estar junto a los abuelos y retornar a su lugar de origen. Pasaba días y días en una casa que no era suya, a menudo compartida con desconocidos para poder asumir los gastos, por lo que lo mejor era quedarse dentro de su habitación pegado al móvil, que era lo único que le proporcionaba algo de seguridad. Así, a través de las redes, también entró en contacto con otros jóvenes que, como él, se sentían fuera de lugar, atemorizados, excluidos e inútiles.

Pasaba días y días en una casa que no era suya, a menudo compartida con desconocidos para poder asumir los gastos, por lo que lo mejor era quedarse dentro de su habitación pegado al móvil, que era lo único que le proporcionaba algo de seguridad.

Así que no resultó nada extraño cuando Alejandro o Mohamed o… Estéfani conoció a aquel otro muchacho que había pasado por lo mismo y que conocía a otros chicos que atravesaban situaciones semejantes, se sintiera más seguro y un poco menos solo. Tampoco resultó raro que, cuando le amenazaban a la salida del centro o en el barrio, este grupo de amigos se ofreciera a protegerlo de la única manera que sabían, y que éste empezara a sentirse un poco mejor. En clase ya no se reían, más bien le temían y eso hacía que lo dejaran en paz. Mejor eso que recibir burlas. Y menos raro aún fue cuando otros recién llegados se incorporaron a la red que poco a poco habían ido tejiendo también necesitaran ayuda y Alejandro o Mohamed o… Estéfani se sintiera en deuda y la ofreciera desinteresadamente. Como tampoco fue extraño que todos estos chicos, cuyas familias ausentes no podían ofrecerles dinero para satisfacer sus necesidades de consumo, las promesas de estatus con las que eran bombardeados constantemente por los medios para conseguir ser un poco menos parias, trataran de obtenerlo por su cuenta de la única manera que conocían y estaba a su alcance. Formas que la propia policía utilizaba con ellos cuando los detenían. A veces sin haberlos cogido con las manos en la masa, solo por llevar ciertas gorras, pañuelos o colores en las camisetas que los identificaban como miembros de esos grupos de chavales que estaban aferrándose a la violencia como forma de canalizar su miedo y su rabia.

A Alejandro o Mohamed o Estéfani, el chico o chica que yo conocía, lo acuchillaron un fin de semana a la salida de una discoteca, como venganza por los navajazos que otro Alejandro o Mohamed o Estéfani había recibido unas semanas antes. Y su sitio al final de la clase quedó vacío por unos días, hasta que fue ocupado por otro Alejandro o Mohamed o Estéfani.

Estos jóvenes de los que hablo también los tenemos en las aulas. Sé que es difícil enfrentar situaciones tan duras en la escuela, que faltan recursos y que este tipo de problemáticas requieren de un trabajo integral desde diferentes ámbitos de nuestra sociedad. La escuela no puede con todo, es cierto, y es injusto hacerla responsable de ello. Sin embargo, como docentes que les atendemos cada día, sí que podemos hacer algunas cosas. Tenemos a nuestra disposición herramientas que pueden ayudar mucho. Para empezar, acompañar en la medida de los posible desde la acción tutorial a estos chicos en estos difíciles procesos, que incluyen desde duelos migratorios hasta situaciones de exclusión, pobreza y desarraigo. Comprender sus actitudes, a veces apáticas, a veces desafiantes, no significa en modo alguno consentirles todo. Más bien se trata de no juzgar, de adaptarnos a sus necesidades y apoyarlos en lo que esté en nuestra mano. Estar más pendientes de ellos en los descansos, ver con quiénes se relacionan, situarles en el aula con el alumnado más empático que pueda acogerles y ayudar a integrarles… Desde los equipos de orientación se pueden detectar los casos que puedan ser captados en un futuro por este tipo de grupos, y contribuir a construir los espacios y las redes que les proporcionen esa seguridad y sentimiento de pertenencia que reclaman, desde una perspectiva cívica. También es importante contar con alumnado que haya vivido experiencias similares y que haya conseguido superarlas para que sirvan de referentes positivos. Por último, la coordinación con entidades y recursos externos es clave a la hora de proporcionarles alternativas de ocio seguro y saludable fuera del entorno académico.

Por eso, si eres docente y te encuentras con un Alejandro o Mohamed o Estéfani en tu aula, busca apoyos, organízate y, sobre todo, no los juzgues injustamente. Entre todos y todas, podemos hacer que muchos Alejandros o Mohameds o Estefanis se sientan un poco menos solos y excluidos construyendo nuevas redes generadoras de pertenencia.

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