Inclúyeme en tu algoritmo

Inclúyeme, por favor, en tu algoritmo.

Ya he hecho todo lo que había que hacer para que eleves mi petición a súplica.

Estoy en condiciones de reivindicar mi derecho a no ser condenado al olvido.

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He manoseado los extremos con mis manos, con toda la intensidad que me han permitido mis palmas. He conjurado contra aquellos que no piensan como yo, con todo el odio que soy capaz de irradiar. No me dejes fuera. He disfrutado como un niño viendo cómo derivas mis búsquedas hacia territorios cada vez más extremos de nuestro saber. El sexo, pornográfico. El deporte, el más arriesgado. He jugado a matar. He soñado con robar a manos llenas. Me he reído del mal ajeno. Me he dejado llevar por borrascas ciclónicas y tormentas de nieve Así que creo que me merezco un hueco en tu logaritmo.

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Compañías de comunicaciones

El teléfono suena en mi cabeza a la hora de la siesta. Tengo que darlo de baja. No llama nadie y, cuando lo hacen, suele ser en el peor momento. Nunca contesto, aunque no me gusta desconectarlo, por si acaso. Pero últimamente las llamadas han aumentado y me veo en la obligación de descolgar el teléfono, por si se tratara de algún tipo de avería en el servicio.

– ¿Diga? -contesto sin gana.CEREBRO

Silencio.

– ¿Diga? -repito molesto.

Una musiquilla impertinente contesta al otro lado. No hay nadie. Se trata de uno de esos contestadores automáticos que usan las compañías para mantenerte a la espera mientras un operador queda libre para atenderte.

– Ya estamos otra vez -le digo a la nada.

Tarareo la musiquilla inconscientemente mientras espero. Es pegadiza, de esas que no puedes quitarte de la cabeza durante el resto del día. Unos treinta segundos después se interrumpe de improviso y se escucha un murmullo en su lugar.

– ¿Hola? -me adelanto impaciente, tengo ganas de descansar un rato. Sigue leyendo

Los mejores docentes

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Parece que últimamente se ha puesto de moda premiar a los “mejores” docentes, y esto ha provocado una reacción polarizada dentro del profesorado.

Así, a simple vista, no parece algo muy malo eso de poner en valor en nuestra sociedad la labor de estos profesionales (entre los que me incluyo) y, de paso, enviar un mensaje al resto de la sociedad, poniendo énfasis en la importancia de esta práctica.

Sin embargo, no han tardado en surgir voces disconformes que nos recuerdan desde sus blogs y tablones, en los que difunden también sus opiniones (como yo lo estoy haciendo ahora) sobre lo que piensan de la educación, que lo importante es el día a día. Se puede percibir en ellos un leve sentimiento de desilusión. Y no es para menos, pues muchos llevan toda la vida esforzándose en la soledad de sus aulas, dando lo mejor de sí mismos para que su alumnado aprenda, y solo reciben críticas y palos. Y cuando llega el momento de recoger, quienes se llevan los laudes son otros, que en muchos casos, han dedicado menos tiempo a la profesión o, como muchos denuncian, “no han pisado un aula en su vida”. Y hay bastante de cierto en esto de que lo importante es el trabajo y esfuerzo diario, que los premios no reflejan la realidad de esta compleja y al mismo tiempo satisfactoria realidad laboral.

Hay que decir que estos premios suelen ser convocados por organizaciones privadas y los profesionales son nominados por sus propios alumnos. En ningún caso se presentan ellos mismos. Esto le resta un poco de egocentrismo a la cosa. Y, a fin de cuentas, el no haber pisado un aula, como decían hace poco desde Fuheim, no significa que no puedas hacer contribuciones valiosas a la educación.

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Lo que la escuela pública no da…

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Hace tiempo que vengo pensando en lo que sucederá si, desde la escuela pública, no buscamos la manera de canalizar de forma coherente y respetuosa las demandas de las familias, sean de la condición que sean. Lo habitual es que, desde nuestra posición de conocedores de lo que es bueno y malo para el alumnado, nos dediquemos a sortear aquellas propuestas que son difíciles de poner en marcha, las que son difíciles de asumir en el contexto de la escuela, las que no son pedagógicas… y así, un largo etcétera que reduce las posibilidades de participación de las familias a una minúscula franja que dista mucho de servir como respuesta real a sus necesidades en la sociedad y el tiempo que nos ha tocado vivir.
Cuando las familias han pedido que la escuela sea capaz de ayudar a sostener la dificultad existente para compaginar el horario laboral con el cuidado de los hijos, las reacciones por parte del profesorado han sido múltiples: desde la aceptación de una problemática de difícil solución hasta la falta de comprensión de este tipo de demandas, que se sostienen en una serie de argumentos sobradamente oídos y leídos: “la escuela no es un aparcaniños”, “las familias deberían luchar por su propia conciliación laboral y no buscar en la escuela las soluciones”, entre otras.

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Adoctrinamiento en las aulas

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Mucho se habla últimamente sobre el adoctrinamiento en el entorno de la escuela. Hace unos meses llamaban a declarar a ocho docentes en Cataluña por un presunto delito de incitación al odio, en torno al conflicto acaecido el pasado 21 de octubre. Y hoy me entero de que una nueva sombra se cierne sobre los y las maestras valencianas, como si de una nueva caza de brujas se tratara: el PP habilita en su página un formulario para que cualquiera pueda denunciar por adoctrinamiento a los profesores de sus hijos.

Me parece relevante el hecho de que se haya perseguido a determinados docentes y se acuse en términos generales a toda la comunidad educativa con fines ya no políticos, sino partidistas. Y lo que más me sorprende es que el resto de la sociedad se eche las manos a la cabeza al escuchar que en los centros educativos se habla de ideas y de política, como si acabáramos de caernos de un guindo o fuéramos extraterrestres recién llegados de Alfa Centauro, y se señale con el dedo a todos los docentes, sin excepción, como culpables de un hecho que es, sin embargo, mucho más común de lo que pensamos, por suerte. Sigue leyendo

Cajeros automáticos

Era indignante, la verdad. Siempre había acudido allí porque aún mantenían personal para atenderte, pero desde que el resto de servicios decidieron poner aquellos malditos cajeros expendedores fue sólo una cuestión de tiempo. Hacía frío y era de noche, la calle estaba vacía, salvo por algún coche despistado que acudía también a servirse.

Introduje de mala gana la tarjeta en la ranura y esperé a que la máquina me realizara las preguntas pertinentes. Un tiempo que dediqué a estornudar y a preguntarme cómo habíamos podido llegar tan lejos. Las calles se llenaban cada fin de semana de protestas por la falta de trabajo, y sin embargo, nos habíamos ido dejando convencer por pura comodidad. Es cierto que lo del cajero era mucho más rápido, y a veces incluso más efectivo que el propio personal, pero… el trato humano siempre me pareció imprescindible.

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Foto extraída del Diario de Cantabria

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