Experiencia Gratificante

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Elliot cogió la pequeña perla entre los dedos y leyó las instrucciones del envase.

Introducir la perla primero en la boca hasta que se haya consumido al completo la primera capa (sólo le llevará 15 segundos). Después secar la perla con cuidado y colocarla en la consola para disfrutar de una increíble Experiencia Gratificante de 360 º… realizarlo siempre en espacios cerrados.

Contiene: un paisaje de montaña, un baño en un precioso cañón repleto de peces, el canto de los pájaros, el olor de la Jara…

Necesario sumergirse en una piscina (o en su defecto una bañera con agua fría) para disfrutar con plenitud de la experiencia.

¡Importante! Para terminar la Experiencia deberá retirar previamente la perla de la consola. NUNCA apagar la consola antes… Sigue leyendo

Intacta

IMG_20160613_181044El mar se enroscaba con fiereza en el borde de la playa. Sentado al filo de la espuma, veía cómo las olas dejaban al descubierto algunas piedras de diferentes tonos. La erosión había producido en ellas un extraño efecto, puliéndolas hasta darles una apariencia lechosa y cristalina al mismo tiempo. Algunas vetas de colores contrastaban con el inconfundible símbolo azul del Acuña. La aplicación de imágenes presumía en las redes de haber conseguido registrar en su web absolutamente todo lo que existía en el mundo. Desde el insecto más recóndito del planeta hasta el grano de arena más pequeño de la playa más remota del mundo. Nada conseguía escapar al objetivo de los millones de usuarios que se encargaban día a día de mantener actualizada la base de datos de imágenes. El mayor ejército al servicio de la mayor empresa digital de la historia. Sigue leyendo

Las casas, cuando no estamos

Las casas, en nuestra ausencia, van perdiendo poco a poco la pátina de domesticación a las que las sometemos con el paso del tiempo. Como un animal salvaje que ha sido devuelto por un tiempo a su medio después de vivir una larga temporada en un zoo, las casas se olvidan de nuestra presencia.
Por eso tenemos esa extraña sensación al abrir la puerta tras unas largas vacaciones. Nuestra huella se desvanece, se pierde en la quietud. Y es entonces cuando la palabra hogar empieza a sonar extraña en nuestra boca. Una sensación que dura unos instantes, tal vez, pero que asusta. Da miedo la capacidad de los espacios para prescindir de nosotros, para enterrar nuestra memoria en la ausencia. Los lazos son fuertes, pero poco duraderos.
Mi casa, mi hogar, tan sólo un espejismo. Una quimera para engañar al recuerdo ancestral que aún permanece en nuestra memoria genética hacia las alimañas que nos buscan en el exterior para darnos caza y apagarnos del mundo.
Nos creímos que las casas eran aliados incondicionales en la protección. Pero no, tan sólo son parte del escenario donde crece lo salvaje. Domesticadas por un tiempo, pero esperando la mínima oportunidad que les brinde el destino para darnos la puñalada trapera, para expulsarnos de su cálida y reconfortante panza.

Así que, no te descuides cuando llegues este verano a casa, tras unas largas vacaciones. No sea que tu propia casa haya cambiado la cerradura.IMG_20150614_202959

Amputación personal o El pie vidente

pie videntePerdió la pierna en un accidente, pero su pie ya vacío seguía caminando por un mundo desconocido e invisible. Podía sentirlo en otro lugar, tan cerca y tan distante a la vez, pisando otro suelo, otras piedras. “Un pie vidente”, se dijo, “aunque torpe también”, pues era incapaz de reconocer las texturas y las formas de aquello que tocaba. Necesitaba cortarse un brazo para poder palparlo todo con las manos. Comprobó que efectivamente podía acariciar con su inexistente mano un lugar del que jamás había escuchado su nombre. Se amputó uno a uno todos sus miembros para poder sentir con mayor plenitud lo que se movía al otro lado. Pero no fue suficiente: decidió separar su cabeza del tronco, y asomarse al fin a ese espacio inabarcable que se abría en los confines de los tendones y los huesos. Abrió los ojos tímidamente y lo que vio entonces le dejó frío. El mismo mundo, pero invertido.

Diario de Oz, 11-05-11

Claves para ser feliz

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En los tiempos que corren, para ser feliz es necesario, como diría Julio Cortázar,
salirse del camino de la historia. Descorrer la cortina de la constante aritmética y
convertirse en un Bill Murray cualquiera. Siempre dispuesto a conseguir que la
marmota vea su sombra de una vez por todas, y así entrar aleteando en el desconocido y
a la vez inquietante paraíso del caos. No se me ocurre nada más excitante que enarbolar
la bandera de los necios, encabezando la marcha contra la rueda de la fortuna.
Para ser feliz hay que subirse a lomos del destino, encaramarnos como diestras
amazonas y hendir nuestras flechas en el espeso aire de la afasia constante y pertinaz.
“¡Ay! Qué pena me dan los peces cuando los veo nadando una y otra vez por el
mismo camino. Parecen tontos, como si no recordaran que hace apenas unos segundos
vieron sus ojos saltones la misma redundante mancha en el cristal. ¡Qué asco de vida!
¿No te parece?” Sigue leyendo

Alma de nube

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Mi abuela decía que si el ser humano estaba formado en un 65 % de agua, jamás había existido en la historia del universo un continente de agua más orgulloso que en el caso de las personas. “Con ese desparpajo con el que todo lo mira y todo lo quiere”, decía, como si ella misma no formara parte de esa especie. “¡Es asqueroso!”, gruñía.

“Pero el agua del que yo estoy hecha debe de proceder de un charco…”, aseguraba más en serio que en broma. “Mi vida es estar siempre por el suelo”, comentaba en un sentido metafórico, pero que yo siempre supuse real, puesto que se dedicaba a limpiar el suelo de La Central de Callao y se pasaba el día arrodillada bayeta en mano. Sin embargo, cuando la veías como arrastrarse por la casa comprendías que no lo decía por decir. Siempre se encontraba cansada, abatida. Sigue leyendo

Inmortalidad

– Antes, la inmortalidad era mucho más fácil de alcanzar -le comentaba el abuelo al nieto mientras éste le observaba atónito-, tallabas tu nombre en un árbol y santaspascuas.

ilustrainmortalidadEl pequeño Manuel, que tan sólo contaba con ocho años no alcanzaba a vislumbrar el sentido de las palabras de su adorado abuelo. Entendía lo que significaba inmortalidad, pero no comprendía la relación entre vivir eternamente y tatuar tu nombre en la corteza de un árbol.

– O tan simple como coger un clavo y arañar una y otra vez la dura piedra de la iglesia hasta que tus iniciales quedaran lo suficientemente profundas como para que todo el mundo las pudiera ver. A mí me gustaba además poner la fecha, y así, cuando pasaran los años, podría recordar aquel día y decirle a todo el mundo que allí estuve yo, ese mismo año.

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