¿Dónde están los cantautores?

A-333361-1254672622.jpegRondaría yo los veinte años. Cada mañana me comía alrededor de una hora y cuarto de viaje hasta la universidad, donde había comenzado a estudiar Educación Musical. En aquellos tiempos me interesaba poco o nada la política y la cuestión de “lo social”. Estaba mucho más preocupado por quedar con los amigos el fin de semana y saber si la chica que me gustaba iba a interesarse, aunque fuera sólo un poquito, por mí.

Cercanías hasta Atocha, cambio de andén hacia Nuevos Ministerios, Línea 1 o el 131 hasta Metropolitano. Facultad de Educación. Y, en todo ese trayecto, me acompañó siempre alguna lectura, pero sobre todo, mi walkman (que más tarde se convertiría en diskman). Recuerdo que cambiaba las cintas con mis compañeros de clase y, gracias a ellos, descubría nuevos músicos. Eran mi Spotify particular, mis gestores de contenidos musicales. También era el tiempo de las radiofórmulas, en las que la música era seleccionada a conciencia para un público juvenil que devoraba a golpe de modas todo lo que le caía en las manos. Las emisoras repetían una y otra vez los mismos supuestos éxitos, una ventana a un mundo musical reducido y muy marcado por las compañías discográficas, más pendientes de conseguir productos que generaran ganancias que de potenciar productos de calidad. Y, por supuesto, estas canciones hablaban de lo mismo que me interesaba a mí en aquella época: de nada. Sin embargo, aún se colaban en aquellas listas, cualquiera sabe por qué razón, algunos músicos cuyas letras hacían referencia a contenidos políticos. Me refiero a los cantautores.

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Bandera e identidad

No, no estoy de acuerdo con que las banderas no sean importantes. Decir esto sería negar la realidad, simplificar tanto la cuestión como cuando algunos se empeñan en decir que los que no se acogen a determinados colores en realidad no aman a su país y que, para amarlo de verdad, es necesario lucir banderas en tu casa, en tu cuerpo, en el coche…

Foto de usuario anónimo de Twitter

La bandera, desde mi punto de vista, es el símbolo de algo mucho más complejo, la identidad. Bajo los colores de una bandera se agrupan una serie de ideas, valores y, por encima de todo, el sentimiento de pertenencia a un grupo que se une por uno o varios objetivos concretos. Como profesional de la educación me he cansado de fomentar en mis alumnos la importancia del sentimiento de pertenencia al grupo, al centro, al barrio donde viven, a su entorno familiar… Porque uno sólo es capaz de cuidar (hablando en términos generales) aquello que quiere, el lugar al que se siente pertenecer. Y si no es así, es que tenemos otros problemas mucho más graves. Por eso, mantenemos nuestra casa limpia, cuidamos nuestras cosas, a la gente que queremos… Y sí, ya sé que hacen falta muchas otras cosas para hacer de este cuidado algo verdaderamente efectivo y que el concepto de “cuidar” no es exactamente igual para todos. Pero qué duda cabe de que el sentimiento de pertenencia es esencial de partida.

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Dar de comer al monstruo

SAVEBARCELONAAyer hubo un atentado en Barcelona y la respuesta en las redes no ha tardado en llegar. En un principio aparecieron los gestos de solidaridad, rabia, dolor, impotencia…, lo normal. Pero tras el choque emocional, llega el análisis de lo sucedido. Y en esta etapa, hay varios mensajes que se repiten.

Siempre hay personas que tienden a generalizar. De esta manera, aislamos el foco de la maldad, creemos dar con el tumor de la sociedad y pensamos que es más fácil combatirlo, es normal.

Pero me sorprende que el análisis general sea el siguiente: ¿qué hacemos con los inmigrantes que nos quitan las ayudas? Hace unos años hablábamos de que nos quitaban el trabajo, pero ahora el listón parece haber bajado de forma considerable, hasta el punto de que les culpemos por ser los que más ayudas cobran en este país. Curiosa asociación: unos fanáticos asesinan a otros ciudadanos y el debate que emerge es el de las ayudas que cobran los más desfavorecidos. Sigue leyendo

En el mar…

IMG_20170730_182625En la inmensidad del mar no hay mosquitos. Ni avispas con aguijones punzantes dispuestas a picarte por un pedacito de tu comida. No encontrarás ninguno de esos molestos insectos que puedan hacerte daño.

Pienso en ello mientras observo ausente el inmenso disco de agua que rodea este barco. Me pregunto cuántos metros nos separan del fondo marino, y cuántos animales estarían dispuestos a hacernos daño bajo esas aguas. Desde esta altura, si cayera ahora mismo al agua, probablemente me rompería los huesos y terminaría ahogándome. Mi cuerpo se hincharía y sería devorado, bocado a bocado, por infinidad de pequeños peces que, en otro lugar y en otro momento, resultarían completamente inofensivos. Y, en el mejor de los casos, si lograse sobrevivir, mis músculos sucumbirían mucho antes de poder alcanzar nadando cualquier pedazo de tierra. Sigue leyendo

Robo… con violencia

IMG_20150826_185429La operación era sencilla. Lo habíamos hecho cientos de veces y rara vez fracasábamos. Cholo y yo esperábamos en la parada del autobús. Los dos buenecitos, sentados lo más lejos que podíamos el uno del otro, callados, como si no nos conociéramos de nada. No era necesario estar muy alerta. Ese olor un poco añejo y dulzón nos daba la señal. Delante de él solía habitar una de esas viejitas embadurnadas en perfume barato para ocultar su caducidad, llenas de varices y prejuicios. No más que nosotros, que ni siquiera fumábamos para no ahuyentarlas.
A fuerza de repetir, habíamos conseguido perfeccionar nuestra intuición para seleccionar a las víctimas. Preferíamos a las ancianas por su evidente falta de reflejos y porque solían elegir los asientos delanteros para estar más cerca de la salida.
Al llegar el autobús le cedíamos el paso antes de subir y luego todo era muy rápido…
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En venta

mitula_se_vendeFuimos de tiendas. A ella le encanta ir de compras, a mí me marea la luz. El movimiento constante de gente a mi alrededor confunde mis sentidos como el giro interminable de una peonza. Compras y giros, giros y compras. Quizás así consigan que vacíes poco a poco ese diminuto y oscuro agujero que el banco ha reservado para tus miserables ahorros. Soy un puto obrero, un pobre trabajador explotado, hijo de padres obreros, que vive en una ciudad para pobres que no merecen más oportunidades que las que nos da la esperanza de ganar algún día la lotería y dejar para siempre la charca donde se hunden nuestros sueños. Soy pobre y nunca dejaré de serlo. Ella también lo es, y lo será el hijo que trajo en una fría habitación de hospital suburbano donde se mueren los obreros, sin intimidad, acompañados de otros enfermos desahuciados. Nacer y morir en la periferia es pornografía de mala calidad. Sudo el dinero que gasto en las tiendas con ropa hecha por mujeres más pobres que yo. Trabajar en el tercer mundo no es pornografía, es más bien esclavitud clandestina. Sigue leyendo

Certezas

IMG_20161218_121320Mamá había procurado limpiar cada una de nuestras secuencias de toda huella de mala expresión, enfado o regañina. Decía que no era bueno para nuestros espectadores vernos discutir o decir expresiones de mal gusto. Y había compartido con ellos cada fragmento de nuestra insulsa vida. Cada juego, cada cumpleaños, cada tarde de aburrimiento… Cualquier excusa era buena para mostrarnos al mundo. De tal forma que los espectadores creían conocernos tanto como nuestra propia madre. Un exhibicionismo calculado que nos reportaba una cuantiosa suma de dinero a fin de mes. Tanto que mamá jamás se planteó dejar de hacerlo. A veces pienso que la razón por la que fuimos tantos hermanos era que cada uno de nosotros era una buena inversión económica. El embarazo, el parto, la lactancia… eran momentos que parecían satisfacer las necesidades vouyeristas de los espectadores.
Y cada uno de aquellos breves fragmentos, aligerados de negatividad o cargados de edulcorante artificial, se coló de forma irremisible en nuestras memorias. Por eso, crecimos pensando que en casa no existía el mal humor o el enfado.
A veces recordabas que mamá nos había chillado por algo que no habíamos hecho como ella esperaba. Pero cuando visitábamos aquel recuerdo en forma de vídeo, ella ya se había encargado de corregir toda falta. De manera que sus gritos quedaban relegados a una suerte de limbo que normalmente terminamos por confundir con un sueño. He llegado a pensar que, en el fondo, lo que no quería mostrar ante el público eran sus propias debilidades.
Por la misma razón, la casa siempre se encontraba en perfecto estado. Y, para conseguirlo, había eliminado todo ornamento inservible. Los cuadros, libros, adornos y cualquier cosa que pudiera acumular polvo. Incluso nuestros propios juguetes, que habían quedado confinados al territorio de lo exclusivamente visual. Es decir, que sólo se usaban cuando se necesitaban para grabar uno de nuestros vídeos.
Por ello, en nuestras mentes circulaba aquella sensación de pulcritud anodina, que contrastaba con aquellos vídeos repletos de juguetes. En apariencia teníamos de todo, pero en realidad estábamos tristemente vacíos, como nuestra casa, como nuestra madre.
Bien mirado, ella ejercía el papel de correctora. Alguien capaz de eliminar cualquier mancha en nuestro expediente y hacer que nuestra vida pareciera, vista desde la perspectiva del tiempo, un lugar perfecto.
Idealizamos nuestras vidas, aprendimos a ocultar bajo la alfombra del pasado nuestros errores, decoramos juntos el tránsito de un tiempo en común.
Todo era perfecto.

Hasta que murió Jane.