Compañías de comunicaciones

El teléfono suena en mi cabeza a la hora de la siesta. Tengo que darlo de baja. No llama nadie y, cuando lo hacen, suele ser en el peor momento. Nunca contesto, aunque no me gusta desconectarlo, por si acaso. Pero últimamente las llamadas han aumentado y me veo en la obligación de descolgar el teléfono, por si se tratara de algún tipo de avería en el servicio.

– ¿Diga? -contesto sin gana.CEREBRO

Silencio.

– ¿Diga? -repito molesto.

Una musiquilla impertinente contesta al otro lado. No hay nadie. Se trata de uno de esos contestadores automáticos que usan las compañías para mantenerte a la espera mientras un operador queda libre para atenderte.

– Ya estamos otra vez -le digo a la nada.

Tarareo la musiquilla inconscientemente mientras espero. Es pegadiza, de esas que no puedes quitarte de la cabeza durante el resto del día. Unos treinta segundos después se interrumpe de improviso y se escucha un murmullo en su lugar.

– ¿Hola? -me adelanto impaciente, tengo ganas de descansar un rato. Sigue leyendo

Cajeros automáticos

Era indignante, la verdad. Siempre había acudido allí porque aún mantenían personal para atenderte, pero desde que el resto de servicios decidieron poner aquellos malditos cajeros expendedores fue sólo una cuestión de tiempo. Hacía frío y era de noche, la calle estaba vacía, salvo por algún coche despistado que acudía también a servirse.

Introduje de mala gana la tarjeta en la ranura y esperé a que la máquina me realizara las preguntas pertinentes. Un tiempo que dediqué a estornudar y a preguntarme cómo habíamos podido llegar tan lejos. Las calles se llenaban cada fin de semana de protestas por la falta de trabajo, y sin embargo, nos habíamos ido dejando convencer por pura comodidad. Es cierto que lo del cajero era mucho más rápido, y a veces incluso más efectivo que el propio personal, pero… el trato humano siempre me pareció imprescindible.

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Foto extraída del Diario de Cantabria

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El incendio

El hombre se había sentado en un conglomerado de ladrillo y cemento ennegrecido que alguien había dejado, junto al resto de escombros y neumáticos gastados, al lado de su casa, ya no recordaba cuándo. Quizás estuviera allí antes de que él llegara. Había hundido la cabeza entre los brazos y apoyaba los codos en las rodillas. Con ello, trataba de contener su rabia y desesperación. Ya no quería mirar más el fuego, pero el sonido de las maderas al sucumbir ante las llamas le llegaba a través del aire caliente en mitad de la noche.elincendio

Al menos todos habían conseguido salir con vida antes de que las llamas envolvieran la chabola en la que habían vivido durante los últimos años. En cuestión de minutos habían alcanzado una furgoneta y un par de coches convertidos en chatarra, que llevaban años acumulando herrumbre y hundiéndose en el barro. No valía la pena seguir luchando más. Lo habían perdido todo. Sigue leyendo

Vallas publicitarias

Se detuvo ante aquel cartel. Estaba convencido de que el día anterior, cuando pasó por allí, a la misma hora, después del trabajo, no estaba. No se trataba de un cartel normal, una valla publicitaria al uso. En aquella imagen no se anunciaba ningún producto o marca, no. Al principio no entendió el mensaje, pero luego lo vio claro. No lo había puesto ninguna empresa, ningún vendedor. No era eso. Era una fotografía, una simple fotografía tomada con una cámara corriente. Ni siquiera estaba bien enfocada y la luz era bastante precaria. Pero cumplía su cometido. No pasaba desapercibida para nadie. De hecho, eran ya varias personas las que observaban atónitas con el cuello doblado hacia el cielo en una pose que esperpéntica que tenía algo de artificial. De hecho, era probable que fuera eso lo que pretendían los que la habían puesto allí. Provocar dolor en los espectadores de forma deliberada. Despertar conciencias. Denunciar una situación de la que rara vez informaban los telediarios. Obligar a mirar hacia el foco del problema. No había ninguna duda. Era como si la valla, de repente, hubiera adquirido un doble sentido: el publicitario y, al mismo tiempo, el de abofetearnos por nuestra necesidad de aislarnos del resto del mundo, de separar a los ricos de los pobres, de ocultar el miedo. Un elemento para decorar nuestro capitalismo enfermizo, nuestra más absoluta falta de empatía. La valla de las concertinas había rajado de golpe la del consumismo de alturas. Era una imagen terrible, completamente desoladora, insultante hasta el límite, inhumana. Había leído algo en las redes, pero desconocía que la situación fuera tan grave. Entonces le invadió la rabia y la repulsa. No podía quedarse quieto ante aquello, había que hacer algo.

Cogió el teléfono móvil de su bolsillo y marcó tembloroso varios dígitos. Se sentía irritado, superado. Éste dio la señal de llamada y, al instante, alguien, una voz de hombre anodina, contestó al otro lado.

– ¿Policía, dígame?

– Me gustaría denunciar un acto de vandalismo, agente. Alguien ha colocado unos carteles obscenos en una de esas vallas publicitarias. Creo que deberían enviar a alguien para que los retirara inmediatamente. Podrían verlo… niños… Es demasiado fuerte. No sé a quién se le ha podido ocurrir algo así, es de locos…

Tras finalizar la llamada se sintió más calmado, más seguro. Regresó a su ceguera diaria.

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Huíamos

Huíamos, siempre lo hicimos. Huíamos para sobrevivir. Los lobos nos perseguían en la espesura helada del bosque.

Los cinco hermanos llegamos a la orilla del río. Había que cruzarlo para salvar la vida, pero el pequeño no sabía nadar. Decidimos abandonarlo allí, a su suerte, para poder seguir adelante. No podíamos permitirnos perder más tiempo. Había tenido ocasión en estos años de aprender a nadar.

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La puerta

piel de dragonMi padre y yo nos mudamos a una casa a las afueras del pueblo. No era demasiado grande, pero sus paredes nos abrazaban cálidas cada noche. Llevábamos pocas cosas con nosotros, pero recuerdo que mi padre trató de poner un cuadro con una foto de mamá en una de las paredes, la que daba al campo. Pero se le rompieron dos brocas del taladro intentando hacerlo.

– ¿De qué tipo de piedra está hecha esta pared? -dijo sudando.

El pequeño agujero que había conseguido horadar en la pared inmaculada rompió la uniformidad de ésta durante una semana. El tiempo en que tardó en ir a la ferretería y comprar un nuevo juego de brocas. También se hizo con un taladro más potente. No estaba dispuesto a prescindir de la foto de mamá. Habíamos terminado de colocar el poco equipaje con el que llegamos y sólo quedaba ella por situar. Era una cuestión de amor. Sigue leyendo

Postales

Desde que se marchó no hablábamos. Pero a cambio recibía de su parte una fotografía cada sábado, puntual, en mi móvil. Ningún texto que la acompañara, ni pie de foto, ni nada que explicara el porqué de aquella persistente entrega. Muy propio de él, hombre de pocas palabras y gestos profundos.

IMG_20170726_215305La fotografía era siempre la misma, capturada a la misma hora, realizada desde el viejo puente que unía las dos caras de la nueva ciudad donde vivía, que se reflejaban, como en un cuadro de Monet, en el curso silencioso de un río. Como una de esas postales vacacionales en las que presuponemos a un emisor feliz y distraído. Pero en este caso la persona que las enviaba no estaba de vacaciones y su mensaje no parecía estar siempre envuelto en ese halo de felicidad.

En las fotos cambiaba la luz que, dependiendo de la época del año o incluso del caprichoso devenir meteorológico, imprimía en el río y en los edificios colindantes matices diversos que provocaban en el espectador una extraña sensación de estar presenciando una escena distinta cada vez. Sigue leyendo