Robo… con violencia

IMG_20150826_185429La operación era sencilla. Lo habíamos hecho cientos de veces y rara vez fracasábamos. Cholo y yo esperábamos en la parada del autobús. Los dos buenecitos, sentados lo más lejos que podíamos el uno del otro, callados, como si no nos conociéramos de nada. No era necesario estar muy alerta. Ese olor un poco añejo y dulzón nos daba la señal. Delante de él solía habitar una de esas viejitas embadurnadas en perfume barato para ocultar su caducidad, llenas de varices y prejuicios. No más que nosotros, que ni siquiera fumábamos para no ahuyentarlas.
A fuerza de repetir, habíamos conseguido perfeccionar nuestra intuición para seleccionar a las víctimas. Preferíamos a las ancianas por su evidente falta de reflejos y porque solían elegir los asientos delanteros para estar más cerca de la salida.
Al llegar el autobús le cedíamos el paso antes de subir y luego todo era muy rápido…
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En venta

mitula_se_vendeFuimos de tiendas. A ella le encanta ir de compras, a mí me marea la luz. El movimiento constante de gente a mi alrededor confunde mis sentidos como el giro interminable de una peonza. Compras y giros, giros y compras. Quizás así consigan que vacíes poco a poco ese diminuto y oscuro agujero que el banco ha reservado para tus miserables ahorros. Soy un puto obrero, un pobre trabajador explotado, hijo de padres obreros, que vive en una ciudad para pobres que no merecen más oportunidades que las que nos da la esperanza de ganar algún día la lotería y dejar para siempre la charca donde se hunden nuestros sueños. Soy pobre y nunca dejaré de serlo. Ella también lo es, y lo será el hijo que trajo en una fría habitación de hospital suburbano donde se mueren los obreros, sin intimidad, acompañados de otros enfermos desahuciados. Nacer y morir en la periferia es pornografía de mala calidad. Sudo el dinero que gasto en las tiendas con ropa hecha por mujeres más pobres que yo. Trabajar en el tercer mundo no es pornografía, es más bien esclavitud clandestina. Sigue leyendo

Certezas

IMG_20161218_121320Mamá había procurado limpiar cada una de nuestras secuencias de toda huella de mala expresión, enfado o regañina. Decía que no era bueno para nuestros espectadores vernos discutir o decir expresiones de mal gusto. Y había compartido con ellos cada fragmento de nuestra insulsa vida. Cada juego, cada cumpleaños, cada tarde de aburrimiento… Cualquier excusa era buena para mostrarnos al mundo. De tal forma que los espectadores creían conocernos tanto como nuestra propia madre. Un exhibicionismo calculado que nos reportaba una cuantiosa suma de dinero a fin de mes. Tanto que mamá jamás se planteó dejar de hacerlo. A veces pienso que la razón por la que fuimos tantos hermanos era que cada uno de nosotros era una buena inversión económica. El embarazo, el parto, la lactancia… eran momentos que parecían satisfacer las necesidades vouyeristas de los espectadores.
Y cada uno de aquellos breves fragmentos, aligerados de negatividad o cargados de edulcorante artificial, se coló de forma irremisible en nuestras memorias. Por eso, crecimos pensando que en casa no existía el mal humor o el enfado.
A veces recordabas que mamá nos había chillado por algo que no habíamos hecho como ella esperaba. Pero cuando visitábamos aquel recuerdo en forma de vídeo, ella ya se había encargado de corregir toda falta. De manera que sus gritos quedaban relegados a una suerte de limbo que normalmente terminamos por confundir con un sueño. He llegado a pensar que, en el fondo, lo que no quería mostrar ante el público eran sus propias debilidades.
Por la misma razón, la casa siempre se encontraba en perfecto estado. Y, para conseguirlo, había eliminado todo ornamento inservible. Los cuadros, libros, adornos y cualquier cosa que pudiera acumular polvo. Incluso nuestros propios juguetes, que habían quedado confinados al territorio de lo exclusivamente visual. Es decir, que sólo se usaban cuando se necesitaban para grabar uno de nuestros vídeos.
Por ello, en nuestras mentes circulaba aquella sensación de pulcritud anodina, que contrastaba con aquellos vídeos repletos de juguetes. En apariencia teníamos de todo, pero en realidad estábamos tristemente vacíos, como nuestra casa, como nuestra madre.
Bien mirado, ella ejercía el papel de correctora. Alguien capaz de eliminar cualquier mancha en nuestro expediente y hacer que nuestra vida pareciera, vista desde la perspectiva del tiempo, un lugar perfecto.
Idealizamos nuestras vidas, aprendimos a ocultar bajo la alfombra del pasado nuestros errores, decoramos juntos el tránsito de un tiempo en común.
Todo era perfecto.

Hasta que murió Jane.

Metamorfosis

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Los monstruos se gestan en la infancia,

en la noche.

Los héroes…

estos lo hacen en la vida adulta,

a la luz del día,

y no son otra cosa que la sombra del monstruo.

Adolf se ha despertado a media noche. La quietud del tiempo que lo rodea parece haber formado una espesa costra bajo sus párpados que le impide mantenerlos cerrados. O puede que el olor agrio y denso del sótano haya estimulado sus sentidos hasta despertarlo.
Abandona la cama con miedo, con el cansancio que da el madurar. Desciende descalzo las escaleras que dan al sótano. Prefiere sentir el incómodo suelo bajo sus pies y así no deberle nada al mundo. Ha aprendido solo a superar el dolor. Casi podría decirse que detesta la queja.

El olor proviene de una antigua cuna. Su madre la abandonó allí cuando la benjamina de la familia alcanzó los dos años. Todos los hermanos se enfrentaron a la soledad fría de la noche por primera vez en aquella cuna. Casi puede escuchar la ansiada nana de boca de su madre, ese remanso de paz convertido en recuerdo atravesando el tiempo. Sigue leyendo

Navidades y televisión

img_20161227_203840El año pasado me comí las últimas uvas con mi padre en el hospital de Toledo (2013). Concretamente, en una planta en la que todos los días moría al menos una persona, y no precisamente en la intimidad. Habitaciones en las que eran atendidos tres enfermos y que, además, alojaban a sus respectivos familiares. La mayor parte fallecía en compañía de desconocidos o era testigo, como si se mirara en un espejo, de su propio final en los lamentos de personas ajenas a su familia.

Es curioso que lo único que ayudaba a evadirte de aquel ambiente tan indigno y deshumanizado fuese la televisión. Una pantalla como único elemento decorativo en la pared funcionaba a todas horas, aunque casi nadie le prestaba atención. Pero su presencia era suficiente para acercarte, como un clavo ardiendo, al mundo de los vivos. Sigue leyendo

Sucedáneos

img_20141206_170327_1Solía ir a aquel bar. En el que estaba aquella camarera que se parecía a alguien que conocía. Alguien que en otro tiempo encontré atractiva, pero de la que no recordaba exactamente su rostro ni su nombre. En él también estaba aquel otro tipo, el que confundía con otro al que hacía tiempo que no veía, pero que era como su versión envejecida. Y aquel calendario en la pared, cuyo tiempo también me resultaba familiar, pero resultaba distinto. Como si todo en aquel lugar fuera el reflejo oscuro de un mundo mucho más fresco, más real… O tal vez lo verdaderamente real fuera el bar. No lo sé. Incluso la música resonaba a otras canciones más conocidas, más famosas. Pero no lo eran. ¿Has tenido alguna vez esa sensación? Era como si todo en aquel antro tuviera la necesidad de imitar, pero con limitaciones, sin correr el peligro de ser acusado de plagio. La cerveza… el café… sabía similar, olía similar… como un triste sucedáneo, como cuando recibías aquel regalo el día de Reyes. El color era el mismo, la caja era casi idéntica, pero al abrirlo comprendías que era la versión para pobres del juguete que habías pedido a unos traicioneros y elitistas magos.

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Marionetas

marionetaLa marioneta estaba en perfecto estado. Sí, se percibía a simple vista que no era nueva, que le habían dado bastante uso y, quizás, no muy buena vida. Pero aquellas marcas también formaban parte de su encanto. Hablaban de su historia, de los escenarios a los que se había subido, de las numerosas manos que le habían dado vida. Aunque, en los últimos tiempos, tan sólo había tenido un dueño. Y daba la impresión de que había tenido que repetir una y otra vez el mismo número. Quizás se había tratado de un magnífico éxito. De ahí que la marioneta tuviera aquel gesto permanente en el brazo, como si saludara a media altura con él. Paolo, el reparador de muñecos, sabía de sobra que no era un gesto natural, que aquel maravilloso objeto no había sido fabricado para que tuviera el brazo en alto. La razón por la que no descendía de forma natural hasta la altura de las caderas, tal y como sucediera con el otro brazo, era simple. Aquel gesto se había repetido en tantas ocasiones en los últimos tiempos que los mecanismos se habían viciado. Tal vez hubieran cogido algo de holgura, o se hubiera oxidado alguno de los hierros del armazón, pero el caso era que el muñeco parecía haber sido condenado a un eterno deja vù, como si estuviera en una función eterna. Paolo se veía a sí mismo como a un médico, capaz de curar los más extraños males de sus queridos e impasibles pacientes, las marionetas. Por ese motivo, le gustaba buscarle nombre a las afecciones con las que se iba topando. No era la primera vez que veía un caso como aquel. De hecho, ya tenía catalogada la afección en cuestión. El síndrome del “hilo tenso”. Y también había formulado una definición específica para dicho mal: “El síndrome del hilo tenso hace referencia a los hilos que sujetan las extremidades de las marionetas, y se produce precisamente por un tensado continuado y repetitivo de uno de los hilos. Este síndrome podría derivar en la repetición del gesto que se trataba de producir una y otra vez, incluso cuando no es requerido. En casos graves la marioneta puede llegar a sufrir un movimiento gestual crónico e indefinido, salvo en caso de recibir el tratamiento adecuado, que no suele suponer mucho más que un engrasado y cesado temporal de la tensión del hilo que lo ha producido”. Sigue leyendo