El virus de la desigualdad

Ayer escuchamos todos y todas el discurso de Pedro Sánchez tras una intensa reunión de Ministros, en el que abordaba un segundo nivel de la declaración de alarma nacional. Todo giraba en base a una idea: quedarnos en casa. Hay quien piensa que el mayor problema de esta crisis es la grave situación económica que nos va a quedar, aunque yo creo que el virus sólo está dejando al aire el fuselaje de lo que nuestra sociedad arrastra cada día desde hace ya mucho tiempo.

El sábado por la mañana fui a comprar, no soy inmune al miedo. No había mucha gente, lo cual me sorprendió. Acudía con la idea de que me iba a tocar darme la vuelta y regresar a casa sin adquirir los productos que tal vez no necesitaba, pero para lo que el refranero español (“hombre precavido vale por dos”) me ha ido preparando toda la vida. Tampoco escaseaban los carros, que era otro de los escenarios que me había planteado en mi cabeza. Lo que sí faltaban eran los productos básicos de los que ya todos sabemos: papel higiénico, compresas, leche, harina… Me ha sorprendido también que no hubiera ni una sola bolsa de aperitivos, tipo patatas fritas o gusanitos. Quizás se deba a que los más pequeños vayan a pasar una buena temporada en casa. También quedaba pescado, cuyo mostrador parecía ajeno a la emergencia, y algo de carne, no mucha. Habían ido cerrando con unos toldos que jamás había visto alguno de los mostradores de carne envasada, y en la sección de corte y congelados ya no quedaba nada. Me ha sorprendido que la carne que quedaba era precisamente la de mejor calidad, es decir, la más cara.

Es entonces cuando comprendí que incluso para sobrevivir a una crisis como ésta es necesario disponer de un buen poder adquisitivo. Y, de hecho, a medida que paseaba por el mercado en busca de unos cuantos productos que aún me faltaban en mi cesta, he comprobado que sucedía lo mismo en otros pasillos. Si en algún estante sobrevivía aún algún alimento al arrebato colectivo eran precisamente los más caros.

Supongamos por un momento que la situación se alarga y que el abastecimiento no es tan frecuente como las autoridades nos aseguran que va a ser. No será difícil imaginar entonces qué sucederá. El grueso de la población comprará primero los más asequibles. Y cuando estos se agoten, se irá escalando poco a poco hacia los de mayor precio, con las dificultades que esto representa para los más vulnerables.

De igual manera, al escuchar las palabras de Pedro Sánchez esta noche, me he sentido muy afortunado. Paradójicamente, no he tenido miedo ni preocupación, porque mi sueldo y mi empleo están asegurados a día de hoy y mis hijas dispondrán de una vivienda amplia y con todas las comodidades para atravesar los duros días de aislamiento que se nos vienen encima. Es probable que se quejen y en ocasiones se les haga duro, pero no quiero ni imaginarme lo que habrá pasado por la cabeza de todas esas personas que no saben si mañana van a poder seguir trabajando o que simplemente viven en una habitación compartida (o ni eso). No sé qué pensarán ellos de esas miles de personas que han abandonado sus casas para acudir raudos a sus segundas residencias junto al mar. Puede que no viniera mal pedirles también un poco de solidaridad y responsabilidad a los bancos y que a lo largo de los días que dure este acontecimiento congelen el cobro de hipotecas o préstamos, por ejemplo.

También me planteo que no es lo mismo realizar las tareas del cole en un buen ordenador o tablet que en un móvil. Hasta aquí va a llegar el efecto del coronavirus, que parece que no sólo se contenta con contagiar a las personas sino que ha invadido nuestros espacios públicos, nuestras relaciones y nuestros hábitos. Incluso para disfrutar de uno de esos magníficos espectáculos que están ofreciendo de manera gratuita algunos artistas se necesita una buena conexión a Internet y un buen dispositivo audiovisual. Y se me ocurre que durante estos días tal vez sería interesante habilitar bolsas de excedentes de datos para compartir con aquellas personas que no pueden acceder a ellos y solicitarles a nuestras queridas compañías de telecomunicaciones un poco de solidaridad también, ayudando en lo posible a reducir las diferencias tecnológicas y de comunicación que en estos días del teletrabajo y “tele-estudio” parecen que van a distanciarnos un poco más a los ricos de los pobres.

Por eso, escuchar al presidente decir que este virus no entiende de clases sociales, es cuanto menos incongruente. Porque hasta para vivir esta experiencia se necesita tener garantizados unos mínimos que hoy en día, en este maravilloso y fuerte país, mucha gente no tiene. Pero tal vez hay una cosa en la que sí lleve razón, y es que en esta crisis sí nos vamos a ver afectados todos. No de igual manera, pero sí todos y todas. Porque en el año 2008 ya hubo otro virus, no uno diminuto y escurridizo como el coronavirus, sino uno invisible como fue la crisis económica. Y en esa crisis no nos obligaron a todos a mantenernos en casa, pero hubo muchas personas que perdimos nuestros empleos, muchos que fueron expulsados de sus casas, muchos que vieron cómo se les desplazaba y se les arrinconaba en el olvido como apestados para que no protestaran mucho. Tiempos en los que se llevaron a cabo “molestas” huelgas e “incómodas” manifestaciones. Tiempos en los que la solidaridad brilló por su ausencia y en la que se criminalizó y criticó duramente a aquellos que reivindicaban los derechos de los más vulnerables, los que más riesgos tenían de sucumbir ante el virus de la crisis global, una pandemia económica que pagamos duramente con nuestros bolsillos y de la que a día de hoy muchos no han conseguido curarse.

David Trueba escribía esta semana un fantástico artículo que invitaba a reflexionar sobre las fronteras y la inmigración. Nos planteaba un futuro no tan lejano en el que, presa del miedo a la pandemia, tratáramos de huir hacia África y estos, como respuesta a nuestras insolidarias actitudes pasadas, nos lo impidieran, condenándonos con ello a padecer la infección mortal y el aislamiento. Sólo espero que esta situación tan complicada no sirva como excusa para ahondar aún más en el “primero los de aquí” y sí nos ayude a empatizar un poco más con los demás, a crear redes de apoyo y solidaridad, a comprendernos en profundidad, a valorar de una vez por todas la importancia de “lo común” (de lo que es de todos) por encima de los beneficios económicos individuales y a entender que puede que esta vez no nos toque a nosotros directamente, pero tal vez mañana sí. Y es tiempo de creer en el apoyo mutuo.

Anoche comprobamos cómo multitud de personas en toda España salieron a sus balcones a aplaudir en señal de agradecimiento a todos los sanitarios que están trabajando duro estos días. Y eso está muy bien, es emocionante vernos a todos y todas unidos en torno a una idea positiva, la de dar las gracias. Supongo que estas personas lo habrán recibido muy positivamente y les habrá supuesto una inyección de ánimo para seguir adelante. Esto imprescindible, como lo es que ese agradecimiento se extienda a esas personas que nos atienden cada día en los centros comerciales, en las farmacias… o los que van a seguir trabajando para que no se pare de todo el mundo (conductores/as, reponedores/as, repartidores/as, personal de limpieza, seguridad…). Pero necesitaremos mucho más que un aplauso para agradecérselo después de que pase todo esto, cuando muchas de ellas se queden sin empleo. Y no sólo pienso en sanitarios, estoy pensando en trabajadores/as de pequeña y mediana empresa. Aquí es donde se medirá realmente nuestra solidaridad y se pondrán de manifiesto las verdaderas diferencias. Por eso, quizás sería interesante empezar a pensar en habilitar cauces de apoyo solidario para contrarrestar lo que se nos viene encima. Huchas de apoyo gestionadas por el propio gobierno, garantizando siempre la transparencia, donde los ciudadanos y ciudadanas que sufran un menor impacto económico puedan contribuir a ayudar a aquellas personas que pierdan sus empleos o se vean en situaciones difíciles a causa del coronavirus.

Puede que al final no sea el calentamiento global el que nos obligue a parar, puede que sea un simple virus, no mucho más peligroso que una gripe (según dicen) el que nos haga detenernos y ver hacia dónde vamos. En fin, aprovechemos este parón para reflexionar y ver qué mundo queremos, porque puede que esto no sea más que un aviso, una prueba, un entrenamiento.

Fuente imagen: virus creado por Mara Candel