Las casas, cuando no estamos

Las casas, en nuestra ausencia, van perdiendo poco a poco la pátina de domesticación a las que las sometemos con el paso del tiempo. Como un animal salvaje que ha sido devuelto por un tiempo a su medio después de vivir una larga temporada en un zoo, las casas se olvidan de nuestra presencia.
Por eso tenemos esa extraña sensación al abrir la puerta tras unas largas vacaciones. Nuestra huella se desvanece, se pierde en la quietud. Y es entonces cuando la palabra hogar empieza a sonar extraña en nuestra boca. Una sensación que dura unos instantes, tal vez, pero que asusta. Da miedo la capacidad de los espacios para prescindir de nosotros, para enterrar nuestra memoria en la ausencia. Los lazos son fuertes, pero poco duraderos.
Mi casa, mi hogar, tan sólo un espejismo. Una quimera para engañar al recuerdo ancestral que aún permanece en nuestra memoria genética hacia las alimañas que nos buscan en el exterior para darnos caza y apagarnos del mundo.
Nos creímos que las casas eran aliados incondicionales en la protección. Pero no, tan sólo son parte del escenario donde crece lo salvaje. Domesticadas por un tiempo, pero esperando la mínima oportunidad que les brinde el destino para darnos la puñalada trapera, para expulsarnos de su cálida y reconfortante panza.

Así que, no te descuides cuando llegues este verano a casa, tras unas largas vacaciones. No sea que tu propia casa haya cambiado la cerradura.IMG_20150614_202959

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