Nos echarán los perros

img_20161112_154617.jpgMe gusta ir a coger setas al bosque. Cuando llegan las lluvias y comienzan a caer las hojas, antes de que el frío escarche la tierra y la convierta en terrones compactos y duros, suelo darme algún paseo en busca de lo que llamo el marisco de la tierra. No conozco en profundidad las variedades de setas, pero me las apaño bien con tres o cuatro tipos que, con un poco de suerte y depende del año, crecen en algún que otro lugar que suelo frecuentar. Aún así, hay años que regreso a casa con las manos vacías, sin nada que echarle a la olla o a la sartén. Así es la tierra. No tiene amigos ni enemigos.

Normalmente salgo solo. Realizo un paseo de montaña de unos cinco o seis kilómetros y le dedico un par de horas. Así que necesito ir ligero y prefiero hacerlo sin compañía. También porque adoro la inmensidad del silencio en el interior del bosque. No hay nada que sobrecoja más que sentirte solo y completamente aislado. El aire moviendo las copas de los árboles, el canto de algún ave solitaria, el crujir de las ramas bajo las pezuñas de algún corzo… Esos son los latidos del bosque.

Sin embargo, el otro día me fui con mi hija pequeña. Íbamos sólo a dar un paseo, a un castañar que hay cerca de casa. Una travesía corta y sencilla para que ella pudiera pasear un rato y disfrutar de la naturaleza en compañía de su padre. Íbamos provistos de nuestras respectivas cestas y palos para caminar. Me gusta llevar siempre un bastón. No sólo porque me ayude a avanzar, sino para que me pueda proteger de cualquier imprevisto, llegado el caso. La convencí para que me acompañara con la excusa de que habrían caído ya las castañas de los árboles y que ella podría recogerlas de entre los erizos para asarlas después en la lumbre.

Así que allá fuimos. Recuerdo que ella no paró de hablar durante toda la ascensión al castañar y que, en esta ocasión, no me importó, ya que su pequeña y afilada voz traspasaría rápidamente el bosque a través de los árboles y ahuyentaría a los jabalíes presentes en la zona. Abandonamos el camino para introducirnos en una finca cuya pared de piedra llevaba años caída y, en su lugar, la maleza había empezado a formar un muro natural. Ella me dijo que tenía un poco de miedo, pero que iría la primera porque a las cosas que dan miedo hay que enfrentarse cuanto antes para vencerlas. Paseamos una media hora en busca de mi amado boletus edulis, sin éxito. Y, a cada paso que dábamos, ella se detenía a recoger alguna que otra castaña. La mayor parte de ellas eran demasiado pequeñas o parecían arrugadas. De manera que yo, un poco desanimado por la ausencia de otros frutos más suculentos y conmovido por la actitud de mi hija, me lancé a ayudarla recogiendo alguna que otra castaña en mejor estado.

No era la primera vez que recogíamos castañas allí, pero esta vez me sentía un poco inquieto porque en esta ocasión íbamos los dos solos. Y, además, la última vez que estuve lo había hecho en solitario y tuve que marcharme porque no paraba de escuchar perros y disparos de alguna montería cercana. Por eso, me alarmé cuando escuché los ladridos cerca de nosotros. Podía tratarse de perros de caza y no quería que nos alcanzaran. O tal vez fueran perros pastores. No estaban demasiado lejos, por lo que miré a mi alrededor, y allí, a unos cien metros de donde encontrábamos, pude ver, sobre una tapia de piedra, un enorme mastín que ladraba amenazador. Aún no nos había visto, pero comprendí que podía olernos y escucharnos. Y no estaba solo.

Agarré a mi hija por debajo de los brazos y me dispuse a salir del castañar cuanto antes. Ella me preguntó por mi actitud, pero no quise asustarla, de manera que la expliqué, sin dejar de caminar apresurado, que no quería que los perros nos encontraran allí. Al llegar al camino los perros se encontraban aún más cerca. Entonces coloqué a mi hija en mis hombros. Si nos atacaban no quería que ella pudiera estar a su alcance. Así el mango del bastón con fuerza y me dispuse a correr. Podía escucharlos cerca, entre la carretera en la que había dejado mi coche y la posición en la que me encontraba, justo a un lado del camino por el que debíamos pasar. Pensé en introducirme aún más en el bosque o ascender la montaña, pero decidí que sería inútil. Ellos se moverían mucho más rápido que yo, sin duda. Sólo me quedaba intentar cogerlos desprevenidos y recorrer el camino lo más rápido posible. De manera que me eché a correr, sin dejar de pensar en que si me alcanzaban tal vez debería enfrentarme a ellos. ¿Cómo se enfrenta una persona a un mastín con un bastón y una niña de cinco años a los hombros? Prefería no pensarlo. Corrí lo más rápido que pude, consciente de que si no me alcanzaban los perros tal vez me tropezara y cayéramos los dos al suelo. Los escuchaba cada vez más cerca, a mi espalda. Corrían, como yo.

Y entonces lo vi. El hombre estaba en mitad del camino, rodeado de cabras. Comprendí que eran los perros pastores y tan sólo protegían el rebaño, o eso pensé yo entonces. Sin dejar de correr respiré aliviado y, al llegar junto al pastor, me detuve. Tan sólo un instante antes de que nos alcanzaran los perros. Para mi sorpresa aquel hombre de monte no estaba allí para protegerme de los perros. Todo lo contrario. Me preguntó airado que qué diablos hacía yo allí y por qué había cogido castañas que no eran mías. Yo le enseñé las pocas castañas que habíamos recogido y me disculpé un poco desconcertado, no sin antes prevenirle de que los perros sueltos suponían un grave peligro para campistas como nosotros, cuyo único objetivo no era robar, sino coger setas y disfrutar de la naturaleza.

En la carretera me esperaba otro compinche, que me amenazó con pesar las castañas y denunciarme, pero al ver el puñado que llevábamos reculó y prefirió dejarlo todo en una amonestación verbal. Tenía los ojos rojos y desprendía un fuerte olor a alcohol. Tan sólo unos metros más adelante había dejado aparcada una furgoneta. Yo le volví a recriminar el uso de los perros para ahuyentar a un padre y una niña, pero él se limitó a hablar de lo mucho que temía por su campo y sus castañas que, a última hora, me confesó que, ni eran sus tierras ni recogía los frutos de los árboles -que sí eran suyos-, porque allí había muy pocas y era difícil subir a por ellas.

Nos subimos al coche. Mi hija, emocionada por la aventura que acababa de vivir, un poco preocupada por no haber entendido del todo la situación y con muchas preguntas que hacerme. Yo, sudando por todos los poros de mi piel, con temblera en las piernas y sin dejar de pensar en lo que podría haber sucedido si los perros nos hubiesen alcanzado a los dos solos allá arriba, aunque hubiese sido en mitad del camino, en terreno público. No me cabía la menor duda de que habría hecho todo lo posible para que a ella no la tocaran, pero… ¿habría sido capaz de protegerla?

Ella se marchó de allí con la seguridad de que yo, su padre la había protegido y de que, en ningún momento, había corrido peligro…

Sin embargo, yo no dejaba de pensar en que aquel pequeño encuentro no habría acabado bien, de no ser porque ella me acompañaba. Quizás ella me protegiera más a mí, sin ser consciente de ello. Pero lo que está claro es que nos echaron los perros, nos dieron caza en mitad del bosque, nos sacaron de las entrañas de ese bosque que ellos consideran de su propiedad.

Jamás regresaré allí y espero no cruzarme con esos dos tipos nunca más en mi vida. Pero estoy convencido de que nos volverán a echar los perros. Sí, lo harán. Quizás no sean esos dos malnacidos. No. Tal vez sean otros. Cuando nos metamos en un territorio que ellos consideren prohibido, cuando crucemos alguna frontera invisible, cuando cojamos algo -aunque sea del suelo-, cuando nos compremos una casa con una hipoteca y no podamos pagarla, cuando nuestro miserable salario no nos dé para costear la luz y queramos encenderla cada día, cuando rebusquemos comida entre los contenedores de basura de unos grandes almacenes, cuando firmemos sin mirar una hoja repleta de letra pequeña, cuando atravesemos el infinito mar que nos separa del mundo “libre”, cuando queramos ser como ellos, cuando simplemente hayamos nacido mujer, cuando tengamos una enfermedad y pretendamos que nos den un tratamiento, cuando queramos tener las mismas oportunidades que nuestros vecinos, cuando reivindiquemos un trabajo digno, cuando luchemos por nuestros derechos, cuando queramos organizarnos y autogestionarnos, cuando busquemos ser libres, cuando simplemente seamos pobres… Y ellos usarán cualquier excusa para echarnos los perros. Y no siempre estaré allí para protegerla. Y no siempre contaré con un bastón para ahuyentarles. Y no siempre tendré un coche esperando a nuestra huida. Y tampoco estará ella para protegerme a mí.

Nos echarán los perros, no tengas duda.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s