Certezas

IMG_20161218_121320Mamá había procurado limpiar cada una de nuestras secuencias de toda huella de mala expresión, enfado o regañina. Decía que no era bueno para nuestros espectadores vernos discutir o decir expresiones de mal gusto. Y había compartido con ellos cada fragmento de nuestra insulsa vida. Cada juego, cada cumpleaños, cada tarde de aburrimiento… Cualquier excusa era buena para mostrarnos al mundo. De tal forma que los espectadores creían conocernos tanto como nuestra propia madre. Un exhibicionismo calculado que nos reportaba una cuantiosa suma de dinero a fin de mes. Tanto que mamá jamás se planteó dejar de hacerlo. A veces pienso que la razón por la que fuimos tantos hermanos era que cada uno de nosotros era una buena inversión económica. El embarazo, el parto, la lactancia… eran momentos que parecían satisfacer las necesidades vouyeristas de los espectadores.
Y cada uno de aquellos breves fragmentos, aligerados de negatividad o cargados de edulcorante artificial, se coló de forma irremisible en nuestras memorias. Por eso, crecimos pensando que en casa no existía el mal humor o el enfado.
A veces recordabas que mamá nos había chillado por algo que no habíamos hecho como ella esperaba. Pero cuando visitábamos aquel recuerdo en forma de vídeo, ella ya se había encargado de corregir toda falta. De manera que sus gritos quedaban relegados a una suerte de limbo que normalmente terminamos por confundir con un sueño. He llegado a pensar que, en el fondo, lo que no quería mostrar ante el público eran sus propias debilidades.
Por la misma razón, la casa siempre se encontraba en perfecto estado. Y, para conseguirlo, había eliminado todo ornamento inservible. Los cuadros, libros, adornos y cualquier cosa que pudiera acumular polvo. Incluso nuestros propios juguetes, que habían quedado confinados al territorio de lo exclusivamente visual. Es decir, que sólo se usaban cuando se necesitaban para grabar uno de nuestros vídeos.
Por ello, en nuestras mentes circulaba aquella sensación de pulcritud anodina, que contrastaba con aquellos vídeos repletos de juguetes. En apariencia teníamos de todo, pero en realidad estábamos tristemente vacíos, como nuestra casa, como nuestra madre.
Bien mirado, ella ejercía el papel de correctora. Alguien capaz de eliminar cualquier mancha en nuestro expediente y hacer que nuestra vida pareciera, vista desde la perspectiva del tiempo, un lugar perfecto.
Idealizamos nuestras vidas, aprendimos a ocultar bajo la alfombra del pasado nuestros errores, decoramos juntos el tránsito de un tiempo en común.
Todo era perfecto.

Hasta que murió Jane.

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