En venta

mitula_se_vendeFuimos de tiendas. A ella le encanta ir de compras, a mí me marea la luz. El movimiento constante de gente a mi alrededor confunde mis sentidos como el giro interminable de una peonza. Compras y giros, giros y compras. Quizás así consigan que vacíes poco a poco ese diminuto y oscuro agujero que el banco ha reservado para tus miserables ahorros. Soy un puto obrero, un pobre trabajador explotado, hijo de padres obreros, que vive en una ciudad para pobres que no merecen más oportunidades que las que nos da la esperanza de ganar algún día la lotería y dejar para siempre la charca donde se hunden nuestros sueños. Soy pobre y nunca dejaré de serlo. Ella también lo es, y lo será el hijo que trajo en una fría habitación de hospital suburbano donde se mueren los obreros, sin intimidad, acompañados de otros enfermos desahuciados. Nacer y morir en la periferia es pornografía de mala calidad. Sudo el dinero que gasto en las tiendas con ropa hecha por mujeres más pobres que yo. Trabajar en el tercer mundo no es pornografía, es más bien esclavitud clandestina.

Ella toca todo cuando puede, con esas manos hambrientas de consumir. Nuestro hijo estuvo enfermo hasta los seis años. Nadie sabía lo que le sucedía. Visitamos decenas de consultas de médicos sabios que buscan soluciones en un libro. Ninguno halló la solución. El niño se apagaba poco a poco. Como si el hambre se hubiera ido apoderando de él día a día, como si su mente estuviera aquí, pero su cuerpo hubiera viajado al África más desnutrido de todo el planeta. Como si Estados Unidos, Rusia y Europa al completo le hubieran despojado sin piedad de todos sus recursos. Se nos iba y no podíamos hacer nada.

Nos salvó ir de compras. Por eso yo la sigo, como un zombie. Aunque no tengo claro si el zombie soy yo o lo es ella, tan preocupada por ir a la última, por encontrar significado en lo que hacemos, por matar el miedo a la muerte tras el probador de señoras, por engañarse a sí misma y no pensar en la relación que existe entre esta esclavitud y las horas que trabajamos para otros. Óscar, nuestro hijo, solía acompañarnos también. Ahora ya no. Ha pasado de ser el hijo de un obrero a ser obrero. Cuenta con su propio sudor, sus propias tiendas en las que gastarlo. El año pasado tuvo una recaída. Pensábamos que esta vez lo perderíamos de verdad. Volvió a difuminarse en la cama, como la arena de un reloj que se va perdiendo en un nuevo espacio que ya no es el que lo alberga. Se había quedado en paro. Tuvo que dejar de consumir. Sonia le llevaba la comida de vez en cuando, pero a Óscar no parecía alimentarle nunca lo suficiente. Se moría.

Una tarde lo sacamos al centro comercial, como en los viejos tiempos. Y, como por arte de magia, volvió a ser el mismo de siempre. Al menos durante un rato. Entonces comprendí lo que le sucedía. Mi hijo es el primer ser humano que ha desarrollado una nueva necesidad vital: consumir. Los primeros años de vida no comprendíamos lo que sucedía, pero con las primeras compras, el niño floreció como si la primavera se hubiera colado por cada uno de los poros de su cuerpo. Si no consume, se muere. Yo lo sé, pero no se lo he dicho a nadie, no pretendo ganar ningún premio, nadie me escucharía, en realidad. Es más, no me parece tan extraño. Creo que, en el fondo, todos los pobres somos un poco así. Nos han inyectado esa enfermedad en vena para que sigamos trabajando y consumiendo, trabajando y consumiendo. Mi hijo, en realidad, es sólo un avanzado a su tiempo. En el futuro todos serán como él, estoy seguro.

Fuimos de tiendas, una vez más. Y ella lo manoseaba todo. Observaba con detenimiento cada prenda, de qué estaba de hecha, el estampado, el color, el precio… Compra todas las ofertar por el simple hecho de ser más baratas. Eso está bien, porque los obreros debemos creernos más listos que los que nos venden las prendas. Entonces me fijé en algunas de las imágenes que habían estampado en la ropa. Grupos de rock, iconos pornográficos, símbolos de drogas… Todo ello lucía en la tienda con un esplendor vigoroso, como si el nuevo reclamo de los jóvenes fueran aquellas imágenes que habían sido despojadas de todo significado. Niñas de once años luciendo un conejito de una revista de pornografía. Adolescentes que sueñan con ser igual que su héroe futbolístico vistiendo camisetas con el rostro de un revolucionario que dio su vida por el reparto equitativo de la riqueza. Señoras que sólo salen de su casa para ir de al centro comercial, probándose pantalones con la lengua lasciva de un grupo de rock que jamás escucharían. La imagen, convertida en icono, es mucho más poderosa que su significado. Lo mismo sucede con las personas. No importa quién seas, cuál sea tu historia, los esfuerzos que hagas todos los días por no matar a nadie, por sobrevivir en un mundo que hace que te creas ser único y especial pero te impide una y otra vez alcanzar tus objetivos, que te borra la memoria. Lo que importa es ir a la moda, es vestir a la última, lucir un cuerpo pulcramente depilado, vigoroso y bien bronceado… carente de significado.

Sonia pasó de largo, pero yo no pude evitar fijarme en aquella última barra repleta de perchas en la que algún dependiente había colgado aquellos extraños trajes. Necesité acercarme y palpar con detenimiento el tejido del que se habían servido para construirlos. Me pregunté qué mente retorcida habría ideado semejante aberración. Ni siquiera era agradable al tacto. El contacto era cálido, como cuando rozas la piel de otra persona. Pelos aquí y allá, sin demasiada uniformidad, aleatorios, diría yo. Un guante tan parecido a mi propia mano que me hijo estremecer. Y luego estaba esa especie de capucha que coronaba el cuello del traje, con aquellos ojos aplanados que parecían mirarte. Y el olor… como aquellos bazares turcos donde se venden bolsos y chaquetas de cuero.

– ¡Qué originales! -escuché la voz de Sonia a mi espalda- Parecen… yo diría… que son… ¿pieles?

Sí, eso eran, en realidad. Pieles. Cuerpos vacíos, minimizados a la corteza más superficial. Hombres y mujeres sin significado, colocados en fila, medio arrugados, medio nuevos. Recordaban a la fila del paro.

– Vámonos de aquí -ordené agarrándola por el brazo, tratando de arrancarla de la tienda.

– No, espera, quiero probarme uno.

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