Bandera e identidad

No, no estoy de acuerdo con que las banderas no sean importantes. Decir esto sería negar la realidad, simplificar tanto la cuestión como cuando algunos se empeñan en decir que los que no se acogen a determinados colores en realidad no aman a su país y que, para amarlo de verdad, es necesario lucir banderas en tu casa, en tu cuerpo, en el coche…

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La bandera, desde mi punto de vista, es el símbolo de algo mucho más complejo, la identidad. Bajo los colores de una bandera se agrupan una serie de ideas, valores y, por encima de todo, el sentimiento de pertenencia a un grupo que se une por uno o varios objetivos concretos. Como profesional de la educación me he cansado de fomentar en mis alumnos la importancia del sentimiento de pertenencia al grupo, al centro, al barrio donde viven, a su entorno familiar… Porque uno sólo es capaz de cuidar (hablando en términos generales) aquello que quiere, el lugar al que se siente pertenecer. Y si no es así, es que tenemos otros problemas mucho más graves. Por eso, mantenemos nuestra casa limpia, cuidamos nuestras cosas, a la gente que queremos… Y sí, ya sé que hacen falta muchas otras cosas para hacer de este cuidado algo verdaderamente efectivo y que el concepto de “cuidar” no es exactamente igual para todos. Pero qué duda cabe de que el sentimiento de pertenencia es esencial de partida.

Yo en realidad no soy muy de banderas. Pero mentiría si dijera que, al ver determinados símbolos, no se despierta en mí cierto sentimiento de pertenencia. Hablo, por ejemplo, del sentimiento placentero que me produce ponerme la camiseta del grupo de música en el que he participado durante años, los “4 Pelagatos”. O, sin ir más lejos, el símbolo con el que me identifico en mis perfiles en las redes sociales, el de la cola de ballena de “Urge Parla”. Un símbolo que representa una serie de ideales que me definen como persona y con los que quiero que me identifiquen: la lucha desde la construcción común por los derechos de los vecinos y vecinas de la ciudad donde vivo o, en último término, la Justicia Social. Y es que, en realidad, la ciudad donde vivo, Parla, y la gente que vive en ella, me sirven perfectamente como ejemplo para contar lo que quiero expresar. Parla no es el lugar más bonito del mundo (yo a veces, en broma, lo llamo Mordor), ni el más rico (contamos con una de las mayores deudas de España y bla, bla, bla…), ni el que más oportunidades me ha brindado (ni al resto de vecinos, pues el problema de pobreza es ya estructural en el municipio)… pero yo me identifico con este lugar, porque es el lugar donde nací, crecí y viven (o vivieron) la mayor parte de las personas a las que quiero. Y esto es lo que me permite sentirme partícipe de esta comunidad y querer cuidarla y mejorarla en la medida de mis posibilidades. Y, por eso, cuando me preguntan que de dónde soy, no me avergüenzo de decir que soy de Parla (al contrario), independientemente de que quepan en mí otras muchas procedencias y lugares en los que me he sentido cuidado, independientemente de ese sentimiento global de vivirme parte del mundo, porque esa es la idea de pertenencia esencial que deberíamos tener todos como especie humana, porque no genera competitividades, ni construye identidades en contraposición a otros.

Sin embargo, dentro de las personas que aprecio y quiero hay personas que no piensan igual que yo. Algunas han decidido marcharse a otro lugar, porque esta ciudad no les aportaba nada. Otras se han quedado, pero no se sienten parte de ella y no están dispuestos a construir nada en un entorno al que no consideran suyo. Y también las hay que se han comprometido firmemente con la mejora, desde posiciones que a veces comparto y otras no.

Sin embargo, nada me impide seguir queriendo a todas estas personas, porque en definitiva hay muchas más cosas que nos definen, porque hay otras “banderas” o ideas comunes que nos unen. Y porque lo contrario sería simplificar la cuestión humana o, en caso contrario, pervertir los símbolos identitarios hasta límites dañinos. Necesitamos aceptar esas “banderas” que nos unen y quizás, volver a tejerlas con un hilo común que no esté hecho a base de negar al otro, y poner en valor lo que nos une. Y si no es así, también habrá que respetarlo, tendremos que aprender a cuidarnos, porque la identidad y el sentimiento de pertenencia no se pueden imponer, hay que cultivarlos poco a poco.

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