Convivir y renovarse

IMG_20171030_174122Hace algunos años mi familia y yo fuimos “adoptados” por un pueblo. Bueno, en realidad lo hicieron sus vecinos, las personas que viven o veranean en él. Buscábamos un lugar donde desconectar con el ruido de la ciudad y conectamos con otro tipo de sonidos.

Uno de ellos, uno de los más gratificantes, es el que se genera en la romería que cada año se realiza a la ermita del pueblo. Se trata de un evento veraniego en el que las familias, tras el correspondiente paseo a la virgen, se reúnen a comer. Nosotros, como no somos creyentes, sólo vamos a la comida. Aunque yo pienso que, incluso para los que van y tienen devoción a la virgen, lo importante es otra cosa, es una excusa para juntarse.

La ermita se encuentra, como todas las ermitas de España, situada a cierta distancia del pueblo, en un terreno que hoy en día sigue siendo propiedad de la Iglesia, cubierto de numerosos árboles, manzanos, perales, pinos, castaños y nogales. Incluso cuenta con su propio manantial de aguas milagrosas, cuyos maravillosos efectos han sido transmitidos de generación en generación por estas singulares gentes. No en vano el ilustre escritor Alejandro Dumas le regaló en su día un pequeño relato -probablemente precursor del Don Juan Tenorio- a la fuente. En éste, una monja sana, gracias al agua del manantial, las terribles heridas de un noble caballero del que termina enamorada.

También cuenta este paraje con su propia plaza de toros más antigua de España. Sí, ya sé que no es la única, pero lo que sí es cierto es que es una de las más curiosas que he visto nunca. Por supuesto, ya está en desuso, y a lo más que llega es a albergar la enorme paellera que cada año abastece de comida a los vecinos que quieran disfrutar del día de convivencia en el campo del que hablaba al principio. Me parece éste un momento hermoso, que hemos perdido en las grandes ciudades por la evidente dificultad logística que conllevaría, pero que deberíamos retomar. No sé cómo, pero de alguna manera. Porque es un momento en el que las personas se reencuentran, estrechan lazos y, en definitiva, construyen comunidad.

Pero he de reconocer que a mí no es éste el momento que más me gusta. Yo prefiero otro, el que se vive unos días antes, protagonizado por un grupo más reducido de personas. Hablo del día en el que algunos hombres del pueblo se levantan justo cuando empieza a despuntar el sol y, juntos, preparan la zona en la que más tarde se realizará la comida. La mayor parte son miembros de la Asociación de la virgen, pero en realidad, ese día no les unen las creencias. Muchos de ellos no son creyentes, pero no muestran ningún tipo de disconformidad con la actividad. Les une la voluntad de colaborar.

Desde nuestro segundo año de estancia en el pueblo han conseguido que yo, un dormilón empedernido, me levante a las siete de la mañana en pleno periodo vacacional. Siempre hay alguien que toca con prudencia en la ventana de nuestra habitación para asegurarse de que no me duerma. Y unos minutos más tarde, tras un café rápido, me espera un pequeño grupo, buenos amigos todos, con el coche ya cargado de herramienta y tan nerviosos como niños antes de una excursión al campo.

Rastrillamos el monte, eliminamos tocones podridos para que la gente no se tropiece, cortamos las malas hierbas, cargamos en carretillas la maleza y las acumulamos en zonas en las que no molesten para que el tiempo las reduzca y las convierta en compost natural. Y todo ello a pesar de que el terreno no pertenece ni ha pertenecido nunca al pueblo. En fin, pasamos una jornada de duro trabajo en común, con el objetivo de hacer más agradable el día de convivencia al resto de vecinos. Nadie busca un reconocimiento posterior, ni una palmada en la espalda, ni se realizan reproches a los que no están. Simplemente es lo que hay que hacer.

Lo único que echo en falta en esta jornada es algo de presencia femenina, pareciera que se dé por hecho que es una labor de hombres. Pero hay que entender que probablemente yo sea la persona más joven del grupo, porque no creo que exagere cuando digo que la media de edad en el grupo ronda los setenta. Es pues, otra generación, educada de otra manera, con sus cosas positivas y sus cosas negativas.

No quiero decir que este momento de sano trabajo sea el que más me guste. No me importa currar, de hecho, es imposible no hacerlo con un grupo como éste, al que la única pega que le pondría es esa actitud tan masculina de determinadas generaciones de obtener el reconocimiento social a partir del trabajo. Al que suda y no se cansa, se le respeta mucho más que al que se fatiga y necesita parar antes. Tanto es así que, una vez acabada la tarea, después de que los responsables de la asociación hayan preparando un estupendo almuerzo en señal de gratitud a los presentes, suelen bromear entre ellos sobre la capacidad de trabajo de uno y de otro. Lo peor que te puede en este grupo es que insinúen que eres un vago. Aunque nunca tensan mucho la cuerda. Por suerte, a mí me tienen en buena estima. No sin bastante esfuerzo, he conseguido quedar bastante bien a sus ojos, cosa que en realidad a mí me hace sentir bien. Es importante ser bien visto para ser bien recibido en un lugar en el que eres un forastero.

Y, como soy el más joven, y encima el “adoptado”, no falta quien se interese por mí y mi relación con el pueblo. La mayoría suelen aprovechar después para hablarme de sus cosas. Les gusta ser escuchados. Y a mí me encanta, pues por un buen rato siento que les estoy devolviendo todo lo que ellos me aportan en una mañana que, en el contexto de la ciudad, sería impensable. Pocas veces se tiene la oportunidad de escuchar la vida de un buen grupo de hombres y tener el privilegio de que se la cuenten a uno en exclusiva. Hay tanto que aprender…

También me gusta mucho distanciarme un poco y verlos relacionarse entre ellos, gastarse bromas, celebrar la convivencia… Porque en realidad eso es lo que se celebra ese día. Gracias a la oportunidad que ellos me brindan he podido escuchar historias fantásticas. Historias que nadie podría imaginar al cruzárselos por la calle. La familia de Miguel fabricó artesanalmente fideos antes de que aparecieran las grandes empresas que, con sus modernas máquinas, se encargaron después de acaparar el mercado; Julián, de carácter amable y divertido, fue guardia civil toda su vida y le destinaron a multitud de lugares de la geografía española; Fermín trabajó durante años en los altos hornos en el País Vasco; Paco fue profesor de instituto de un pueblo cercano; Ramón, ingeniero industrial; Sebastián, el molinero del pueblo; el tío Casi, pastor que tuvo un pacífico burro que perdió casi al mismo tiempo que a su querida esposa; Manuel, que de niño se pasaba el fin del verano recogiendo moras para vendérselas al peso a empresas farmacéuticas cuyos camiones llegaban cada año de forma puntual al pueblo vivió también de las castañas; el gran Sacris, que a sus ochenta, aún recorre todos los días cincuenta kilómetros diarios en su bicicleta antes de la comida y, aunque toma puntualmente su medicación, sólo tiene que cuidarse de no hacerse ningún rasguño para no desangrarse en cuestión de minutos; Pablo, el carpintero que ha restaurado meticulosamente la puerta de la ermita, mantiene su carpitería en una población que ha ido perdiendo efectivos año tras años… Y así, uno tras otro, vidas apasionantes.

Me gusta observarlos. No dudo que tendrán sus conflictos ocultos, enterrados más o menos, olvidados o perdonados, pero, al verlos, uno percibe en ellos una fraternidad poco frecuente. Todos ellos son hijos de la guerra. Sus padres probablemente lucharan en ella, ignoro si incluso en bandos contrarios. Y, al observarlos, desde la perspectiva de alguien mucho más joven, que ha vivido siempre en la ciudad, en democracia, lejos del hambre y del frío, del odio visceral que provoca la guerra, comprendo los grandes esfuerzos a los que nuestra sociedad tuvo que enfrentarse para mirar hacia adelante, salvando los daños ocasionados en el camino, comprendiendo y aceptando las fuertes diferencias ideológicas y sociales, hallando una salida para la convivencia.

Porque en este grupo pueden intuirse ya esas diferencias y, sin embargo, parece que haya en ellos un pacto de respeto, de no agresión, a pesar de conflictos pasados. Un pacto basado en la construcción conjunta de una comunidad en la que todos tengan cabida.

Los miro y veo que no están todos, que nunca he visto allí a los representantes municipales, que seguramente tendrán sus motivos para no estar. También faltarán aquellos vecinos que, por cuenta propia, decidieron no estar, el señorito que prefiere no mancharse las manos, el que jamás se iría a un acto en el que la virgen estuviera de fondo, los jóvenes que no entienden por qué ha de hacerse algo así…

Quizás se pudieran mejorar las cosas, avanzar, pero es innegable el esfuerzo que estos hombres, los que cada año se dan cita en la ermita del pueblo, hacen por el bien común.

Y, al pensar de nuevo en nuestra sociedad, pienso que se pueden mejorar las cosas, que se debe avanzar en un proyecto que nos una a todos en un bien común, pero sin perder de vista los esfuerzos de los que antes han luchado por coser las cicatrices.

(Por supuesto, he cambiado los nombres de los protagonistas para poder preservar su intimidad)

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