La puerta

piel de dragonMi padre y yo nos mudamos a una casa a las afueras del pueblo. No era demasiado grande, pero sus paredes nos abrazaban cálidas cada noche. Llevábamos pocas cosas con nosotros, pero recuerdo que mi padre trató de poner un cuadro con una foto de mamá en una de las paredes, la que daba al campo. Pero se le rompieron dos brocas del taladro intentando hacerlo.

– ¿De qué tipo de piedra está hecha esta pared? -dijo sudando.

El pequeño agujero que había conseguido horadar en la pared inmaculada rompió la uniformidad de ésta durante una semana. El tiempo en que tardó en ir a la ferretería y comprar un nuevo juego de brocas. También se hizo con un taladro más potente. No estaba dispuesto a prescindir de la foto de mamá. Habíamos terminado de colocar el poco equipaje con el que llegamos y sólo quedaba ella por situar. Era una cuestión de amor.

Esta vez no se le resistió el muro. El taladro logró hundir la broca en éste como si fuera un pastel recién horneado. Vi una sonrisa en el rostro de papá mientras introducía un pequeño taco blanco en el pequeño túnel recién abierto.

–¡Genial! -celebró dándose por satisfecho.

Aquella noche, mientras dormíamos, escuchamos un fuerte golpe. Era el marco que protegía la foto de mamá. Había caído al suelo y el cristal se había roto en mil pedazos.

Y lo más curioso es que allí, junto a la multitud de cristales, estaban también el taco y la escarpia que mi padre había usado para colocarlo.

– ¡No puedo creerlo! -afirmó molesto-. Tampoco pesa tanto como para que se haya salido el taco. Yo juraría que estaba perfectamente anclado.

Tardó unos días en comprar otro marco para la foto. Admito que me gustaba más el antiguo, pero no había encontrado uno igual. Además, lo mejor era la foto de mamá.

Esta vez comprobó tirando con fuerza que la escarpia estaba bien anclada a la pared. Pero aquello no fue suficiente. Unos segundos después de haberlo colocado, la pared escupió de nuevo el taco, delante de nuestras propias narices. Era como si alguien, desde el otro lado, estuviera golpeando con un martillo cualquier elemento extraño que asomara, una especie de subversión que negaba toda posibilidad de intervención en la pared. Por supuesto, era una idea absurda.

–¡No puede ser! -gritó mi padre, que empezaba a mostrarse bastante enfadado.

Según me dijo, el problema era la longitud del taco.

–Quizás es tan pequeño que la pared lo expulsa- me dijo casi convencido.

Sonaba extraño. Por muy corto que fuera, no me imaginaba por qué razón iba la pared a expulsarlo, como si fuera si se tratara de una especie de supositorio adentrándose en el oscuro universo entre dos mundos.

–No sé, tal vez el material del que está hecha la pared sea resbaladizo -afirmó reforzado, aunque yo seguía pensando en que era absurdo. Pensé en mi trasero y me dije a mí mismo que no tenía nada que ver con los ladrillos y el cemento que se alzaban ante mí.

Compró unos tacos más largos y volvió a intentarlo de nuevo. Sin embargo, al tratar de taladrar la pared, comprobó que, en realidad, ya la había atravesado por completo desde el principio y un pequeño destello se colocaba desde el otro lado.

– ¡Maldita sea! -se dijo así mismo, aunque yo le escuché desde mi habitación.

Unos minutos más tarde me dijo que volvía a salir a la ferretería. No podía permitir que aquel agujero conectara el interior de la casa con el exterior. Podrían entrar todo tipo de bichos, así que lo mejor sería taparlo, de manera que compró un bote de masilla para la pared.

Armado con una espátula y una escalera de metal salió al exterior. Buscó con detenimiento el agujero, pero allí no había nada. Completamente desconcertado, le vi entrar en la casa y subirse de nuevo a la escalera, tocar el agujero con los dedos e incluso mirar a través de él.

– ¡No lo entiendo! -decía para sí mismo, ignorando mi presencia que, como un pequeño perrillo faldero, le seguía de un lado para otro sin decir nada.

Repitió la operación varias veces. Incluso midió la distancia del agujero al suelo y a los límites derecho e izquierdo de la casa. No había margen de error. Pero nada. Hizo marcas con un rotulador negro en ésta, sin éxito. Y lo hizo una y otra vez hasta que se dio por vencido. Para mí estaba claro. Dentro había agujero, fuera no. Sin embargo, él no parecía entenderlo. ¿De dónde provenía aquella claridad que lograba colarse a través del túnel abierto por el taladro? Se colaba dentro de la casa como una de esas pequeñas linternas de llavero.

– No lo veo, pero que tiene que estar ahí -dijo al fin.

De sus palabras deduje que había llegado a la conclusión de que el agujero había atravesado el muro, pero visto desde fuera, no era capaz de dar con el lugar exacto donde se encontraba. Se levantó del sofá y fue directo a por el taladro. Esta vez ni siquiera subió a la escalera. Hundió la broca en la pared hasta que ésta traspasó de forma brusca el muro, dejando un surco redondo alrededor del nuevo túnel. Mi padre se aseguró de que al otro lado hubiera luz.

– ¡Ven aquí! -dijo indicándome que me acercara- Mira a través del agujero, a ver si me ves al otro lado.

Y así lo hice mientras él se marchaba fuera. Me puse de puntillas y cerré uno de los ojos para enfocar mi visión a través del pequeño hueco abierto a través de la pared. Sí, había luz, pero francamente, era difícil ver nada a través. Tal vez alguna sombra, pero poco más. La visión de mi ojo era limitada y confundía el fondo con la forma. Así que no pude decirle aquello que quería escuchar, aunque me habría encantado.

– ¿Me has visto?

Yo negué con la cabeza.

– ¡Es imposible!

Le vi esforzándose por encontrar una solución, y de repente, su rostro se iluminó de la forma en la que se iluminan los rostros que encuentran un camino.

– Ves tú, hijo, ve al otro lado y busca el agujero, por favor.

Él se quedó muy pegadito a la pared, con el ojo postrado ante el comienzo de aquel extraño y diminuto túnel de aire. No había ningún agujero allá afuera, ninguna puerta al interior, nada. Sólo una pared lisa, encalada y algo desconchada por la humedad y los cambios constantes de temperatura. Esta vez no hizo falta contestar nada. Al entrar en casa, lo vi sentado de nuevo en el sofá, como si éste hubiera transmutado, del lugar donde hallar descanso al lugar donde buscar las respuestas. Su falta de interés en mi experiencia dejaba claro que él tampoco me había visto al otro lado.

– Necesito una broca más gorda -concluyó tras más de veinte minutos sin hablar.

Empezaba a preocuparme su creciente obsesión por nuestra pared, aunque sospecho que mi inquietud era la alegría de los ferreteros del barrio, que habían encontrado en mi padre un fiel cliente. A su regreso yo me había preparado un buen bocadillo de jamón y me había sentado en el sofá de buscar respuestas, pero con el ánimo más centrado en observar a mi padre, espero que este cambio de utilidad no molestara al sofá. Confieso que aquello había empezado a intrigarme de verdad y estaba deseando ver cómo acababa todo. El sonido del taladro penetrando de nuevo en la pared me irritó un poco, pero no lo suficiente como para quitarme el hambre. Vi cómo él volvía a usar su ojo como el hocico de un perro sabueso, tratando de olisquear algo al otro lado. El agujero era por lo menos tres veces más grande que los anteriores, por lo que intuí que esta vez no sería difícil conseguir tener una visión más enfocada de lo que se cociera al otro lado.

– ¡Mierda! -le oí decir para sí mismo, mientras que cambiaba una y otra vez de posición e incluso de ojo- No se ve nada. Está a oscuras.

Aquello era un dato diferente que captó mi atención al instante.

Mi padre, en un acto casi reflejo, sopló con fuerza a través del nuevo túnel, imaginando que algo había obstruido el agujero. Un poco de polvo, tal vez, o algún pedazo de ladrillo que se hubiera partido al paso de la broca. Inmediatamente después escuchamos un fuerte grito al otro lado que nos puso en alerta a ambos. Creo que abandoné el bocadillo en el sofá y salí corriendo afuera para ver si alguna persona había resultado herida. Sin lugar a dudas, lo que había conseguido ocultar la luz al final del túnel era otro ojo. Y, a juzgar por el timbre del grito, muy probablemente se tratara del ojo de una mujer.

Llegué al otro lado casi sin respiración. A punto estuve de atragantarme con las migas que aún bailaban en el interior de mi boca. Mi padre llegó unos segundos más tarde, menos preocupado, pero mucho más fatigado que yo. Aunque he de decir que no me fijé demasiado en su cara, puesto que había algo que había conseguido captar aún más mi atención. O, tal vez, debería decir que no había nada que hubiera conseguido captar mi atención. Porque allí fuera no había nadie.

Tanto mi padre como yo, tras un largo período de perplejidad compartida, caminamos como dos zombis hasta la pared y la tocamos con nuestras propias manos, en busca de aquel nuevo agujero que ya no podía esconderse por ningún lado. Debía estar allí, en alguna parte de aquella maldita pared y, sin embargo, no estaba. El hambre se me había escapado de golpe. Y el cielo empezaba a oscurecerse, en parte por la hora y en parte por unos amenazantes nubarrones que nos obligaron a introducirnos de nuevo, desconcertados, al interior de la casa.

Mi padre se marchó directamente a la cama, tan mudo como la pared. Y yo, de no haber compartido con él la experiencia, me habría marchado a la consulta del médico. Pero no, no estábamos locos, habíamos visto y oído lo mismo ambos. Era imposible, pero cierto.

Me quedé dormido en el sofá, junto al bocadillo de jamón a medio terminar. Me despertó el irritante sonido del taladro. Las vibraciones lo invadían todo, incluso el interior de mi pequeña y desangelada cabeza. Tal vez por ello, como si las ideas se mezclaran en un cóctel vibrante en mi interior, tardara un buen rato en comprender que mi padre había perdido del todo la cordura y ahora estaba taladrando por doquier la pared. Parecía una especie de insecto perforador, determinado a convertirlo todo en polvo y en rumor de hueco. Era inútil pararlo, ya había hecho decenas de agujeros por todos lados. Y en todos y cada uno de los túneles abiertos se filtraba un pequeño y burlón hilo de luz. En un momento dado se detuvo, cualquiera sabe por qué razón y comenzó a observar a través de los agujeros. Mientras, con la mano derecha, me hacía señas para que me acercara, sin dejar de observar a través de alguno de los túneles. En ese momento no entendí el motivo de su silencio.

Al acercarme pude percibir ciertos sonidos que se colaban como a trozos por los agujeros, convirtiéndose en virutas de un ruido indescifrable. No podía interpretar con claridad de qué se trataba, pero al colocar mi ojo en uno de los orificios, lo comprendí. Allí, al otro lado de nuestra pared, donde se suponía que deberíamos hallar una visión del campo circundante, en realidad, se abría una hermosa estancia similar a nuestro salón, pero mucho mejor decorada y con más luz. Y en el centro se adivinaba la figura de dos personas. Una más alta que la otra, pero ambas mujeres. Estaban hablando. Ése era el sonido que se filtraba a través de la pared. Pero era incapaz de comprender lo que decían. Nos llegaba un poco distorsionado o, tal vez, con una frecuencia muy baja. Pero estaba claro que hablaban de nosotros, de nuestra pared, pues no dejaban de señalarnos.

Pasamos varios días espiándolas a través de los agujeros, más por incredulidad que por un instinto voyeur. No podíamos apartar los ojos de aquella pared, literalmente hablando. Mañana, tarde y, si no fuera porque apagaban las luces antes de irse a dormir, también nos habríamos quedado allí por las noches.

Ellas también nos observaban a veces. Bueno, supongo que no exactamente a nosotros, porque mi padre y yo no nos apartábamos de allí, pero sí al interior de nuestra casa. Imagino que estaban tan sorprendidas como nosotros de ver que, allí donde debieran encontrar la calle, estuviésemos él y yo.

Poco a poco fuimos ampliando información sobre nuestras nuevas vecinas. Fuimos completando el puzle a base de pequeños detalles que veíamos en la estancia. Por ejemplo, sabíamos que eran madre e hija porque aparecían en una foto juntas, de esas que se hace la familia. En ella también había un hombre, pero no parecía estar en estos momentos con ellas. Tal vez estuviera fuera, se hubieran separado hace tiempo o, quizás, hubiera muerto. Eso no podíamos saberlo, aunque yo me decantaría por lo último, porque una tarde vi cómo la madre trataba de colocar una foto de él en la pared que mi padre había agujereado. Pero, como era lógico, el marco se caía una y otra vez al suelo, como sucedió con el de mamá. Aunque también ayudaba a ello que mi padre empujara despacio el taco con un lapicero para que éste no bloqueara el túnel abierto.

– Si empiezan a tapar los agujeros, no vamos a poder verlas -se justificó de forma casi infantil.

Me llamaba la atención que aquella actividad de observarlas se hubiera convertido en nuestro único pasatiempo y que mi padre considerara con dolor la posibilidad de perderlo. Sospecho que había empezado a contemplar la posibilidad de entablar conversación con ellas. En más de una ocasión le descubrí hablando a solas a través de los agujeros mientras la mujer deambulaba por la estancia. Todas y cada una de las veces cesaba de golpe su actividad y volvía a observarla en silencio. Estaba claro que su voz no le llegaba al otro lado, pero él insistía. Creo que había empezado a sentir algo por ella.

– Hay que tirar la pared -me dijo un día.

Parecía determinado a ello. Había acudido una vez más a la ferretería y había comprado una enorme maza. Se puso como un loco a dar mazazos a la pared, y a mí no se me iba de la cabeza lo que estarían pensando la madre y su hija, al otro lado. Pero no podía hacer nada por evitarlo. A veces los mayores hacen ese tipo de cosas. Sin saber muy bien por qué, sin más explicaciones, se dedican a poner en marcha algo que no tiene demasiado sentido o que es difícil de entender a simple vista. Y mi padre estaba precisamente en ese momento. No sabía qué estaba pasando realmente por su cabeza. No decía nada, sólo golpeaba la pared, y a cada golpe, un pedazo de yeso caía al suelo, junto con la capa de pintura blanca que un día alguien imprimió en ella. No tardó en arrancarle los primeros ladrillos. No sé si pensó en algún momento en que también estaba derruyendo nuestro único pasatiempo.

Necesitó un buen rato para darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Yo intenté decírselo, pero estaba tan ofuscado en la tarea que no me prestó atención. Y cuando lo hizo, ya había tirado media pared. Y a través del hueco, al contrario de lo que él esperaba que sucediera, sólo encontramos el campo que colindaba con nuestra casa. No había rastro de nuestras vecinas ni de su salón, ni de portafotos de familia, ni de coloridas alfombras de invierno. Nada. Sólo campo y cielo.

A papá no pareció importarle demasiado que la gente pasara y viera el destrozo que había organizado en nuestra propia casa, que invadieran nuestra intimidad con sus miradas. Se pasó varios días sin decir palabra, tirado en el sofá, que de nuevo se había convertido en el sofá del descanso.

Yo me encerré en el habitación porque sentía vergüenza. Vergüenza del agujero en la pared, de nuestra casa e incluso de él, de mi padre. Sólo salía para conseguir algo de comida en la nevera y para ir al baño. Aunque pasados unos días comencé a escuchar extraños ruidos procedentes del salón que me obligaron a abandonar mi autoencierro.

Al salir comprobé que papá se había puesto a lijar una vieja puerta de madera que antaño perteneció a la entrada de la casa. La cambiamos justo antes de venirnos a vivir, pero los obreros la habían dejado pegada a una pared porque no se atrevieron a tirarla, y a papá y a mí no nos había movido aún la necesidad de hacerlo. Además, pesaba tanto, que la sola idea de cargar con ella hasta el punto limpio, nos daba pereza. Así que allí se quedó todo el tiempo, hasta convertirse en invisible. Sí, porque a veces pasa eso con los trastos que no queremos para nada o que no tienen sitio y los dejamos en un rincón. Pasadas unas semanas, tienden a convertirse en objetos invisibles que ya no molestan a la vista. Es una capacidad de supervivencia que tienen todos, me he dado cuenta de ello con los años.

– Ven aquí hijo -me pidió, hablándome como si en estas últimas semanas no hubiera sucedido nada extraño.

Al acercarme comprobé con pesar que el agujero en la pared seguía luciendo un precioso campo con tintes amarillos propios del verano. Mi padre estaba ensimismado acariciando la madera de la puerta. La veta se había ido abriendo y oscureciendo con los años, a causa del frío, el calor y la lluvia, produciendo pliegues y retorciéndose aquí y allí en torno a unos vetustos nudos que antaño fueron ramas.

– Es la piel de un dragón -dijo, como si su cabeza se hubiera marchado a otro mundo.

Como he dicho, a veces es difícil saber qué es lo que ocurre en el interior de las cabezas de nuestros mayores, pero esta vez no iba a tardar en descubrirlo. A mi padre se le había ocurrido la genial idea de aprovechar el hueco abierto en la pared para hacer una nueva entrada a la casa. E iba a utilizar la vieja puerta para cerrar o abrir el paso.

– ¿A que es una buena idea? -preguntó como ido.

A mí no me pareció ni buena ni mala idea, pero me tranquilizaba saber que íbamos a recuperar nuestra intimidad de nuevo, así que apoyé su iniciativa con gusto. Incluso le ayudé a colocarla.

Así que allí quedó perfectamente ajustada a la pared nuestra vieja puerta de piel de dragón. Quedaba un poco desajustada al cerco, como si el tiempo la hubiera ido retorciendo lentamente hasta quebrar sus fibras muertas. La madera, con el paso de los años, se vuelve más libre, más rebelde, sin duda alguna. Por eso, mi padre tuvo que rellenar algún hueco con cemento e incluso necesitó de varios ladrillos. Ni siquiera caímos en la cuenta de que la puerta iba a abrirse al campo, a un lugar que no daba a ninguna parte en concreto. Era algo curioso, pues las puertas siempre dan a sitios transitables, preparados para los pies de las personas, previamente allanados, domesticados para que nos sintamos más fuertes que la naturaleza. Pero esta puerta no. Cuando la abriéramos por vez primera, los hierbajos y la arena reseca de un verano apenas lluvioso se colarían en el interior de la casa sin invitación previa, renegando de nuestra condición de humanos poderosos. Es posible que incluso nos costara volver a dejarlos fuera después. Me pregunté qué sucedería cuando llegase el invierno y el frío se colase entre las rendijas de la piel de aquel dragón de pared.

– ¿La abrimos? -preguntó mi padre con una sonrisa en la cara como quien espera encontrar al otro lado un nuevo mundo mágico.

Yo no entendí muy bien su entusiasmo. De hecho, me apetecía más tumbarme a la bartola en el sofá, pero no podía negarme a ello. Para qué poner una puerta si no vas a abrirla.

– ¿Estará ya seco el yeso?

– ¡Pues claro, hombre!

En ese caso… le hice un gesto condescendiente con la mano, como quien da permiso.

– ¿No quieres hacerlo tú? -me preguntó pensando en que yo me lo tomaría como un honor.

En ese momento visualicé algo en lo que no había reparado hasta entonces. Me imaginé a mi mismo abriendo la puerta y sentí algo de vértigo. Por un momento, pensé que, al abrirla, tal vez lo que viera no fuera el campo, tal y como había pensado en un primer momento. ¿Y si, al hacerlo, me encontrara con aquellas dos mujeres, la madre y la hija, de frente? ¿Y si, de repente, al otro lado, estuvieran ellas? ¿Qué haríamos mi padre y yo? ¿Cómo se comportarían ellas? Un pánico ácido atravesó mis entrañas. Jamás me había sentido así. No me importaba que dos absolutas desconocidas vivieran justo al lado de mi casa, que pudiéramos escucharlas, que ellas nos intuyeran a nosotros, que fuéramos ambos testigos, en la distancia, a través de una pared, de algunas escenas cotidianas de su vida. Y, sin embargo, la sola idea de saber que con sólo abrir una puerta, ellas podrían incorporarse de golpe a nuestra vida… aquello me aterraba.

Me levanté despacio y me dirigí con aún menor celeridad hacia la puerta. No podía decirle que no a mi padre. Se le veía tan satisfecho con su acción que se hubiera sentido decepcionado conmigo de haberme negado a hacerlo. Así que agarré con fuerza el metal de hierro forjado, retorcido a golpe de calor y mazazos, que hacía las veces de tirador de la puerta y, cerrando los ojos, empujé con fuerza hacia mí.

Pero no sucedió nada de lo había imaginado, o al menos, no como yo lo había hecho. Sentí que la casa se volteaba sobre sí misma. Y cuando abrí los ojos, ellas no estaban al otro lado. Estaban a éste, junto a mi padre y a mí. Ambas me miraban con ternura.

Entonces recordé. La puerta dio la vuelta a todo, incluso a nuestra casa, que ya no estaba tan vacía, parecía más… un hogar. Aquellas dos mujeres no eran desconocidas. Observé el cuadro que mi padre había tratado de colgar en la pared sin éxito unos días antes. Allí estaba ella, la mujer del otro lado de la pared, mi madre. Quizás se hubieran vuelto invisibles para poder sobrevivir, quién sabe. Sólo sé que, desde aquel día, vivimos juntos, compartimos la casa y ya jamás estuvimos mi padre y yo, solos. Y mi padre jamás volvió a hacer un agujero en la pared, entre otras cosas, porque ahora habitaba en ella la piel de un dragón con escamas de madera.

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