Huíamos

Huíamos, siempre lo hicimos. Huíamos para sobrevivir. Los lobos nos perseguían en la espesura helada del bosque.

Los cinco hermanos llegamos a la orilla del río. Había que cruzarlo para salvar la vida, pero el pequeño no sabía nadar. Decidimos abandonarlo allí, a su suerte, para poder seguir adelante. No podíamos permitirnos perder más tiempo. Había tenido ocasión en estos años de aprender a nadar.

Los lobos tardaron un tiempo en volver a dar con nuestro rastro, pero volvieron a hacerlo. Ahora éramos cuatro y avanzábamos con más celeridad. El bosque quedó atrás, pero nos sobrevino la montaña. Aquella inmensa mole de arena y roca se alzaba ante nosotros casi tan amenazante como los aullidos de los lobos. No iba a ser fácil remontar aquella pendiente desbaladiza antes de que nos dieran caza. Y menos con peso a la espalda. Todos habíamos ido guardando algunas cosas en nuestras mochilas por si nos eran útiles más adelante. En seguida miramos al hermano con la mochila más grande. Aún le quedaba sitio, así que pensamos que era mucho más fácil colocar toda la carga en un solo macuto, para que el resto no sufriéramos retrasos. Yo me guardé lo más valioso en los bolsillos. Él no rechistó, a pesar de que la enorme carga que llevaba a la espalda le dificultaba aún más mover aquellas diminutas piernas. Cuando ya no podía más, le arrebatamos la mochila. Vimos cómo los lobos le despedazaban vivo. Tenía que haber sido un poco menos ambicioso con su mochila. Al menos aquello les entretuvo el tiempo suficiente como para que nosotros alcanzáramos la cima de la montaña. Ya sólo éramos tres.

La cumbre de la montaña estaba llena de nieve. Al abandonar el bosque dejamos atrás el cobijo que nos procuraban los árboles y el frío comenzó a hacer mella en nuestros cuerpos, sobre todo por la noche. La mayor de los tres hermanos que quedábamos consiguió atrapar algunos insectos para la cena, que sólo sirvieron para sofocar su hambre y la mía. Y lo mismo sucedió con el refugio improvisado que construimos en un pequeño hueco que aún permanecía seco bajo una roca. Tan sólo había espacio para dos, de manera que, una vez más, la más mayor y yo dormimos bien acurrucados y calientes, pero la más pequeña de los tres tuvo que soportar el frío de la noche y la helada lluvia de madrugada. Cuando llegó la mañana estaba tan débil que no pudo continuar el camino. Tuvimos que abandonarla a su suerte, bajo la amenaza, cada vez más cercana, del aullido de los lobos, no sin antes arrancarle las ropas que llevaba. Estaban tan desgastadas que no nos extrañó que hubiera estado a punto de morir de frío. Pero nos ayudarían a sobrevivir más adelante. Intuímos que los lobos la habían dado caza cuando dejaron de aullar unos minutos más tarde.IMG_20160823_184459

Seguimos adelante, huyendo. Al descender la montaña, una basta extensión de tierra se abrió ante nuestros ojos. Nada que rompiese con aquel monótono paisaje. Ni un árbol, ni un matorral, tan sólo unas montañas apenas visibles a lo lejos. Iba a ser difícil esconderse en caso de que nos alcanzaran las bestias, a las que oíamos cada vez más cerca. Tendríamos que correr para atravesarla cuanto antes si queríamos sobrevivir.

La más mayor me quitó la mochila de un tirón y se lo echó a la espalda. No esperó a que yo la siguiera. Al parecer había elegido dejarme atrás. Cuando me di cuenta de ello ya me sacaba un buen trecho. Me había quedado sin ropa, sin provisiones, sin nada. De manera que sólo restaba una cosa por hacer si quería sobrevivir. Correr y correr hasta alcanzarla. No me fue difícil hacerlo, con los lobos pisándome los talones y sin nada de peso a la espalda que entorpeciera mi paso. Por suerte, aún estaba fuerte. La alcancé. Y al hacerlo, la golpeé con una piedra, por la espalda, con todas mis fuerzas. Cayó redonda. No estaba muerta, pero sí lo suficientemente aturdida como para no poder levantarse. Cogí la mochila y salí de allí tan rápido como pude. Ni siquiera me despedí, no se lo merecía después de lo que me había hecho. Los lobos no tardaron en llegar. Estuvieron un buen rato entretenidos. El suficiente para que a mí me diera tiempo a atravesar la estepa. Los primeros árboles me dieron la bienvenida y me sentí de nuevo protegido.

Al llegar la noche tuve que tumbarme entre unas zarzas. Al menos allí, si me encontraban, me despertaría antes de que me lanzaran una dentellada. Apenas pude dormir. Cada vez que me movía sentía las púas afiladas clavándose en mi cara y en el resto del cuerpo.

Por la mañana me despertaron voces. No podía creerlo. Otra familia caminaba alegremente por el bosque, buscando comida y leña. Eran cinco. Les grité torpemente antes de que se perdieran en la espesura. Mi voz parecía haber sido arañada por las zarzas. Me vieron y me ayudaron a salir de mi espinoso escondite.

– Tenemos que marcharnos de aquí, cuanto antes -les avisé.

No me pasó desapercibida la cesta llena de frutos secos que había recogido. Tenía que ser mía, pero a su debido tiempo.

– ¿Irnos? ¿Dónde? ¿Por qué? -preguntaron desconcertados.

– Ya vienen.

Ellos se miraron sorprendidos. Yo podía escucharlos aullar, cada vez más cerca. Sin embargo, ningún miembro de la familia parecía alertarse lo más mínimo, aunque el tono de mi voz sí les inquietaba.

– ¿Quiénes?

– Los lobos.

Al escuchar mis palabras se relajaron. Me ofrecieron algo de comida y me invitaron a acopañarles. Su casa no estaba lejos, dijeron. Podría darme un baño y descansar. Pero antes tenían que recoger algo más de leña para la fría noche.

– ¿Y los lobos? -pregunté. No me quitaba la prisa de encima.

– ¿Los lobos? Tranquilo, no te preocupes, jamás atacan si vas en grupo. Nunca hemos tenido que huir de ellos.

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