La muerte de Soufian, las declaraciones del consejero y la estigmatización de la pobreza

En primer lugar os voy a pedir disculpas, porque escribo estas líneas apresuradamente, sin demasiado sosiego. Y es que aún me dura la indignación y la pena tras unas declaraciones del consejero de bienestar social tras el fallecimiento de dos menores no acompañados en Melilla. No sé si las habéis leído, pues a este tipo de noticias no se les suele dar demasiada difusión porque no interesa, pero si no, os dejo aquí el enlace.

El trabajo social, desde mi punto de vista, existe para mejorar la vida de las personas, especialmente las más vulnerables, incluso aquellas que pueden resultar “molestas”. Precisamente porque la mejora de las condiciones de vida de estas personas influye positivamente en la vida de todos.

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Fotografía tomada por José Palazón en la valla de Melilla.

Durante veinte años he trabajado con los llamados menores en “riesgo social” en diferentes entidades, pero en definitiva, y tras estos años, pienso que en realidad siempre fueron los más vulnerables, los más olvidados, los más dañados. Muchos de estos chicos y chicas estaban tutelados por la Comunidad de Madrid, otros llegaban a nuestros proyectos a través de fiscalía del menor y otros simplemente se acercaban porque habían oído hablar de nosotros. En casi el 100 % de los casos eran jóvenes con mucho dolor acumulado, desconfiados, inseguros… Jóvenes que habían llegado a comprender en su infantil mente que el daño es el único material con el que está construida nuestra sociedad. Y el dolor, cuando no se sabe gestionar, ya se sabe que suele canalizarse de forma negativa. Pero también os digo que en la mayor parte de los casos bastaba con que alguien se molestase en hacerles comprender que la sociedad que hemos construido merece la pena vivirla y que también está formada por valiosos componentes como el respeto, la solidaridad, el cuidado mutuo…

Hemos construido una sociedad que merece la pena, que hay que salvaguardar. Un sistema de impuestos solidario que, aunque se puede mejorar, permite que todos podamos acceder a servicios imprescindibles. Sin embargo, siempre he tenido la sensación de que estos jóvenes se han sentido al margen de estos beneficios. Y no porque no pudieran acceder a la educación o la sanidad, sino porque la sociedad entera los mira con miedo y desconfianza. De ahí que, tras las declaraciones de Daniel Ventura, el consejero de bienestar social de Melilla, muchas personas de esta ciudad, más allá de condenar sus palabras, le aplaudan. Y de ahí que su partido no le haya cesado de forma fulminante, porque los votos, para algunos partidos, siempre valen más que las personas. Y entiendo que tras este tipo de emociones por parte de la ciudadanía acecha la sombra del miedo. Un miedo completamente natural y legítimo. El miedo a la desigualdad, a la pobreza, el miedo al terrorismo, a la violencia más salvaje. Sin embargo, es precisamente labor de los políticos hacernos entender que para vencer a la pobreza, a la desigualdad, a la violencia… sólo cabe mejorar la vida de todas y cada una de las personas que conformamos nuestra sociedad, especialmente los más vulnerables.

La ley obliga a las instituciones de hacerse cargo del cuidado de los menores no acompañados que llegan a nuestro país. En todos estos años he conocido a multitud de chicos en esta situación. Me vienen a la memoria jóvenes que se pasaron semanas enteras esperando en el campo a encontrar el momento justo para saltar la valla de Melilla, jóvenes que llegaron debajo de camiones, en patera.. aunque la mayoría venían en autobuses o en el ferry. Algunos llegaban con la idea de estudiar, otros de trabajar, los había que simplemente querían ser como Cristiano Ronaldo y los que querían comprarse un buen coche, porque eso es lo que nosotros somos, porque ésa es nuestra sociedad, la que ellos añoran y no poseen. Todos y cada uno de ellos estaban en realidad huyendo. Huían de la pobreza.

Por eso, cuando escucho las declaraciones de Daniel Ventura se me parte el corazón. Porque nos estamos acostumbrado a que nuestros representantes se jacten de su aporofobia, a culpabilizar a los pobres de su pobreza, porque sacamos banderas a los balcones para que unos mantengan su dinero en nuestros bancos y ponemos cuchillas en vallas para que otros no traigan su miseria, porque hay quienes tienen que proteger a los más vulnerables y se dedican a pisotearles porque saben que son los “Nadie” y están solos, porque la vida de unos vale menos que la de otros (sólo hay que ver la condena por Tweets mofándose de la muerte de Carrero Blanco y a éste señor no le va a pasar nada por mofarse de la muerte de un pobre) . Porque esta sociedad nuestra, tan justa, tan necesaria, tan valiosa, no sirve de nada si permitimos que en ella se den este tipo de situaciones. No todo vale. Somos responsables de las muertes de estos y de otros muchos chicos que mueren o son maltratados diariamente en este tipo de centros por ser pobres sin que nadie se entere de ello. Somos responsables cuando apoyamos con nuestro voto a partidos que permiten sus muertes y difaman su pobreza.

Soufian, el segundo fallecido con el que se ceba especialmente el consejero de bienestar social, tenía 17 años. Era de origen marroquí. Trató de entrar en un ferry con destino a España debajo de un camión y se cayó, motivo por el que le tuvieron que amputar un pie unos días antes de su fallecimiento. Le gustaba el hip-hop. Tenía una familia, que ni siquiera disponía de los medios suficientes para venir a visitarle cuando estuvo ingresado y que, tras su fallecimiento, pudieron venir a España a por su cuerpo gracias a que su abogada les pagó el viaje.

Se dijo de él que era un niño de la calle, que era drogadicto, que vivía en la Escollera, que no quería estudiar ni trabajar. Puede que sí o puede que no, pero nadie debería poder acusarle por ello. La drogadicción, el vivir en la calle, la dificultad de adaptación no son sino síntomas de pobreza, de desarraigo, de exclusión.

Y como él, multitud de jóvenes se enfrentan sin que nadie lo sepa a la supervivencia diaria, al rechazo social e incluso, como hemos visto en este caso, lejos de ayudárseles, se les estigmatiza.

Mi más sincera y profunda repulsa a toda esa gente que, como Daniel Ventura, permiten o apoyan que nuestra valiosa sociedad se ensucie con este tipo de situaciones. Y mi más emotivo agradecimiento a las organizaciones como Prodein que luchan cada día por minimizar el daño que este tipo de situaciones hacen a nuestra sociedad y a las personas que vivimos en ella.

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