El incendio

El hombre se había sentado en un conglomerado de ladrillo y cemento ennegrecido que alguien había dejado, junto al resto de escombros y neumáticos gastados, al lado de su casa, ya no recordaba cuándo. Quizás estuviera allí antes de que él llegara. Había hundido la cabeza entre los brazos y apoyaba los codos en las rodillas. Con ello, trataba de contener su rabia y desesperación. Ya no quería mirar más el fuego, pero el sonido de las maderas al sucumbir ante las llamas le llegaba a través del aire caliente en mitad de la noche.elincendio

Al menos todos habían conseguido salir con vida antes de que las llamas envolvieran la chabola en la que habían vivido durante los últimos años. En cuestión de minutos habían alcanzado una furgoneta y un par de coches convertidos en chatarra, que llevaban años acumulando herrumbre y hundiéndose en el barro. No valía la pena seguir luchando más. Lo habían perdido todo.

Las mujeres y los niños contemplaban el espectáculo envueltos en una raída manta, con la mirada perdida, como si el crepitar furibundo de su propia pobreza ardiendo, los hubiese terminado hipnotizando. No había nada que hacer, salvo pasar lo que quedaba de noche lamentándose, de pie, por miedo a mancharse el pijama con el barro que colonizaba todo el espacio alrededor de la chabola.

Había tardado varios años en acumular aquella cantidad de maderas y chapas con las que había construido paredes, techo y suelo. Aún se colaba alguna gota cuando la lluvia era arrastrada por el gélido viento del invierno, pero al menos habían conseguido darle algo de dignidad al suelo sobre el dormían y comían. La lumbre la hacían en una pequeña barraca, fuera de la casa, por lo que aquello no podía haber sido el foco. Empezaba a formarse una nube negra en su cabeza. Y cuando eso sucedía, la cólera terminaba por invadirlo, y después la violencia. Quizás detrás de aquel tremendo desastre hubiera una persona. Algún desalmado que quisiera acabar con las vidas de una triste familia de gitanos. El mundo era una amenaza constante. Si cogía a quien hubiera sido…

De repente, cayó en la cuenta de algo. Había una caseta que no había sido tocada por el fuego. Era la que usaban para guardar algunas herramientas. Se encontraba a unos metros de la chabola, por lo que el fuego no había podido alcanzarla, pero su resplandor sí era capaz de alumbrar unas letras que él mismo había pintado con brocha unos meses antes: “Jeova es mi pastor y nada me faltara”.

Aquella frase le dio el impulso necesario. Era una señal, volverían a levantarlo todo. Mañana mismo. Después recordó el altar que mamá le ponía a Cristo en lo que ellos llamaban “salón”, donde comían y veían la televisión. Mamá, siempre tan creyente, tan dispuesta a honrar a su señor… Había conseguido recrear un hermoso altar que siempre mantenía repleto de flores y cuyas velas jamás se apagaban, ni de día ni de noche.

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