Los mejores docentes

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Parece que últimamente se ha puesto de moda premiar a los “mejores” docentes, y esto ha provocado una reacción polarizada dentro del profesorado.

Así, a simple vista, no parece algo muy malo eso de poner en valor en nuestra sociedad la labor de estos profesionales (entre los que me incluyo) y, de paso, enviar un mensaje al resto de la sociedad, poniendo énfasis en la importancia de esta práctica.

Sin embargo, no han tardado en surgir voces disconformes que nos recuerdan desde sus blogs y tablones, en los que difunden también sus opiniones (como yo lo estoy haciendo ahora) sobre lo que piensan de la educación, que lo importante es el día a día. Se puede percibir en ellos un leve sentimiento de desilusión. Y no es para menos, pues muchos llevan toda la vida esforzándose en la soledad de sus aulas, dando lo mejor de sí mismos para que su alumnado aprenda, y solo reciben críticas y palos. Y cuando llega el momento de recoger, quienes se llevan los laudes son otros, que en muchos casos, han dedicado menos tiempo a la profesión o, como muchos denuncian, “no han pisado un aula en su vida”. Y hay bastante de cierto en esto de que lo importante es el trabajo y esfuerzo diario, que los premios no reflejan la realidad de esta compleja y al mismo tiempo satisfactoria realidad laboral.

Hay que decir que estos premios suelen ser convocados por organizaciones privadas y los profesionales son nominados por sus propios alumnos. En ningún caso se presentan ellos mismos. Esto le resta un poco de egocentrismo a la cosa. Y, a fin de cuentas, el no haber pisado un aula, como decían hace poco desde Fuheim, no significa que no puedas hacer contribuciones valiosas a la educación.

Supongo que habéis oído hablar de alguno de ellos, como César Bona, al que se le paseado por diversos medios de comunicación, algunos de formato muy americano, para que exponga su visión sobre un tema tan complejo como lo es la educación. A él, y a otros como él, se les empezado a etiquetar peyorativamente como los nuevos “gurús” de la educación.

A mí personalmente no me sorprende que se valore a este tipo de docentes que, a todas luces, realizan un trabajo magnífico (estoy convencido de que se merecen eso y mucho más, como tantos y tantas compañeras que, desde la más absoluta invisibilidad, realizan una labor envidiable). Y tampoco me parece extraño que se premie a unos sí y a otros no, porque en esta profesión hay muchas personas implicadas y no se puede premiar a todos y todas. Lo que me sorprende a priori es la amplia difusión de la que están gozando, porque de ello se puede intuir un interés que parece ir más allá del mero agradecimiento o reconocimiento.

Por un lado, transmite la idea de que si se premia a un determinado docente, el resto no deben de ser tan buenos. Porque se ponen de relieve algunas prácticas docentes vistosas, que frecuentemente son del agrado de las familias y del alumnado, pero que son difíciles de poner en práctica (que no imposibles) por parte del profesorado por una cuestión de recursos. Y esto genera unas expectativas en la población que no hace más que separarles de los maestros y maestras de sus hijos, y que, por otro lado, amplía la sensación de angustia y frustración por parte del profesorado.

Tampoco queda claro si esos docentes premiados realizan su práctica docente en el ámbito público o el privado. Y no es una cuestión poco relevante, pues los recursos con los que se cuenta, en función del centro, son muy distintos. Y por otra parte, quienes están detrás de estos premios, prefieren ocultar esta información para después ofrecer estas valiosas prácticas educativas en sus proyectos privados.

En este sentido, es importante reflexionar sobre quién decide cuáles son las prácticas educativas “buenas” y para qué lo hace. Porque no es lo mismo promover la capacidad de trabajo en equipo para competir en una empresa, que hacerlo para estrechar lazos o favorecer una idea positiva del trabajo colectivo en pro del bien común.

Y en este sentido lo que más me preocupa es esa idea de que cualquiera, con buenas intenciones, desde de su individualidad, es capaz de transformar la educación. Pero solo en la realidad de un aula. Es decir, que estos premios perpetúan la imagen del individualismo como solución al problema de la educación. Yo solo, desde mi aula puedo hacer entender a los alumnos que, en el futuro, ellos solos, podrán transformar sus espacios de trabajo. Algo que favorece evidentemente al sector privado.

En ningún momento se propone un premio a proyectos educativos, ni a equipos docentes, ni, por qué no, a Comunidades Educativas.

Parece que todo el mundo ha pasado por alto este pequeño detalle que, por otro lado, para mí es una de las claves. No creo que haya nada más innovador que construir proyectos educativos en comunidad, recogiendo las necesidades e intereses de todos los implicados, tejiendo redes con el entorno donde se ubican los centros, democratizándolos…

Y me preocupa también que nadie haya hablado de esto, que no denunciemos el ataque constante hacia la construcción de proyectos educativos comunes.

Como cuando se nombran a dedo, desde la propia administración, las juntas directivas (especialmente si éstas pertenecen a esos centros educativos que más han trabajado en la línea de un proyecto común de centro). O cuando se imponen modelos organizativos que impiden la puesta en común. O cuando se recortan en los equipos de orientación. O cuando vemos que las plantillas están conformadas en gran parte por un 50 % de interinidad (a veces incluso más), que hacen que los equipos nunca lleguen a ser estables ni a estar cohesionados (sin hablar ya de la precarización de los propios interinos). O cuando se nos imponen currículos sobredimensionados y caóticos que dificultan sobremanera la planificación del trabajo en equipo…

En fin, que yo preocuparía menos por los “gurús” educativos y más por contribuir a generar las condiciones necesarias para se pongan en marcha verdaderos proyectos educativos, compartidos y consensuados por toda la Comunidad Educativa.

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