Compañías de comunicaciones

El teléfono suena en mi cabeza a la hora de la siesta. Tengo que darlo de baja. No llama nadie y, cuando lo hacen, suele ser en el peor momento. Nunca contesto, aunque no me gusta desconectarlo, por si acaso. Pero últimamente las llamadas han aumentado y me veo en la obligación de descolgar el teléfono, por si se tratara de algún tipo de avería en el servicio.

– ¿Diga? -contesto sin gana.CEREBRO

Silencio.

– ¿Diga? -repito molesto.

Una musiquilla impertinente contesta al otro lado. No hay nadie. Se trata de uno de esos contestadores automáticos que usan las compañías para mantenerte a la espera mientras un operador queda libre para atenderte.

– Ya estamos otra vez -le digo a la nada.

Tarareo la musiquilla inconscientemente mientras espero. Es pegadiza, de esas que no puedes quitarte de la cabeza durante el resto del día. Unos treinta segundos después se interrumpe de improviso y se escucha un murmullo en su lugar.

– ¿Hola? -me adelanto impaciente, tengo ganas de descansar un rato.

– Sí, buenas tardes -dice al fin alguien al otro lado-, le habla Susana. Le llamamos de Label C.Q. para ofertarle un nuevo servicio, ¿es usted el titular?

Tendría que haber colgado mientras pude.

– Sí, soy yo. Pero…

– Muy bien -me interrumpe-, querría ofertarle un nuevo servicio con nosotros a un coste mucho menor, ¿le interesa?

– …no sé, pero es que yo contraté un servicio con otra compañía hace dos años…

– Bueno, entonces usted, a estas alturas, estará libre de permanencia, ¿no es así?

– …supongo, pero es que lo contraté hace sólo un par de años y el funcionamiento es bueno…

– Ya, pero nosotros le ofertamos mejoras a las que no podrá renunciar. Quinientos terabytes de subida a la nube y mil de almacenamiento interno, ¿no le parece increíble?

– Bueno… sí…

– ¿Qué oferta le hicieron a usted?

– A mí sólo me ofertaron cien terabytes de almacenamiento a la nube, y hasta el momento aún no lo había completado. Me esfuerzo en almacenar sólo lo estrictamente necesario.

– ¿Y de almacenamiento interno? -prosiguió.

– Trescientos teras -contesté algo aturdido por el exceso de preguntas.

– ¿Ve? Como podrá comprobar nuestra oferta es mucho mejor, se la doblamos por el mismo precio. Y además hemos mejorado la conexión y la velocidad de procesamiento será mucho más elevada. ¿Qué tipo de fuente le instalaron?

– No me acuerdo bien… una C-3… creo. Era de tercera generación.

La mujer se ríe.

– ¡Nosotros estamos instalando una C-10! -afirma con cierta superioridad- Su fuente es muy antigua. A finales de año dejará de prestar servicio, ¿no lo sabía?

La información que acababa de darme la señora me deja estupefacto. No me dijeron nada al respecto cuando firmé el contrato.

– Pues no. ¿Y qué ocurrirá cuando deje de prestar servicio? -pregunto irritado. Empiezo a sudar.

– Escuche, el sistema de comunicación ha avanzado mucho en los últimos años. Necesitará renovarse si desea conservar sus datos en buen estado. De momento le permitirán mantener los datos que haya almacenado en la nube, pero en cuestión de… yo que sé… tal vez semanas… le obligarán a contratar otro servicio. Sin embargo, los datos almacenados en la memoria interna se perderán automáticamente. Y probablemente comience a tener problemas en la comunicación. Perdida de visión, de sonido… incluso del habla.

– ¿Cómo? -no podía creer lo que estaba escuchando- ¿Y qué se supone que quiere decir eso?

La mujer se mantuvo en silencio durante unos instantes.

– Mire, es posible que le oferten contratar un servicio extra de almacenamiento en la nube para poder salvar todos los datos antes de que dejen de prestar el servicio, pero le costará una fortuna. Y además, la fuente quedará completamente inutilizada y no podrá suscribirse a ningún otro contrato, ¿lo comprende?

– ¿Inutilizada?

– Efectivamente.

– ¡Esto es una vergüenza! ¡Pero si está nueva!

– Ya, lo sé. Muchos clientes nos dicen lo mismo, pero así es el mercado. Además, he de decirle que nuestro servicio facilita a los clientes una resolución de imagen de quinientos megapíxeles o, lo que es lo mismo, la imagen perfecta. Como usted sabrá, ése es el nivel máximo de resolución que admiten nuestros ojos. Y para completar el pack le ofrecemos un moderno sistema antiparpadeo que permite completar los espacios negros de la imagen grabada a partir de los datos almacenados previamente. Y lo hace a tiempo real, por lo que la grabación no sufrirá saltos ni errores en el procesamiento, ¿me sigue? Y además podrá seguir navegando con total comodidad. Nuestra compañía ha mejorado el servicio de navegación y ahora ya no necesitará las gafas de navegación para poder ver la televisión. Bastará con cerrar los párpados.

Yo hace tiempo que he dejado de escucharla. Me siento confuso, engañado, preocupado, alterado, triste. Tenía almacenados suficientes recuerdos como para no querer perderlos. Pero ése no es el problema. Al menos, no el más grave. Lo peor es que mi fuente iba a dejar de funcionar. La moderna C-3. La que nos permitía grabar todo aquello que quisiéramos.

– …señor, ¿señor? ¿Le interesa entonces nuestro servicio?

– …supongo que sí -desisto al final. En mi tono hay un matiz de súplica que no logro comprender.

– Está bien. Antes de pasar a realizar la grabación, ¿cuándo le vendría a usted bien que el técnico pasara a cambiarle el chip de la fuente? Necesitará al menos seis horas para realizarle la operación, de manera que necesitará usted estar disponible buena parte del día.

– ¿Seis horas?

La vez anterior habían tardado un par de horas y pude irme a casa el mismo día.

– Sí, dos para el backup y cuatro para el resto. Pero no se preocupe, el técnico realizará la operación en su propia casa. Y no se preocupe por la herramienta. Nuestros técnicos disponen de la maquinaria necesaria para la extracción del chip antiguo y la colocación del nuevo. No perderá ni un solo dato.

La última vez tuve que comprar un par de sierras quirúrgicas y pegamento de sellado rápido. Las compañías no se hacían cargo del instrumental básico.

– El chip no tendrá coste con nosotros, pero deberá guardar sus datos en nuestra compañía por un plazo mínimo de diez años.

– ¿Diez años?

– Sí, es la permanencia mínima que marca la ley ahora. ¿Está usted de acuerdo?

– No sé… diez años es demasiado, ¿no le parece?

– Bueno, piense que el coste del chip que le estamos instalando es muy elevado y se lo instalamos gratis.

– Está bien, está bien, ¿podría ser el sábado? Es el único día que no trabajo.

– Por supuesto caballero, ¿a qué hora le vendría bien que pasara el técnico?

– A las cuatro.

– Estupendo, pues ya lo dejo yo anotado. El sábado a las cuatro. Ahora vamos a pasar…

La llamada se interrumpe abruptamente. Yo me quedo muy preocupado. La mujer me ha dejado en un estado límite de ansiedad. Marco la opción de rellamada tratando de volver a comunicarme. No sé si la operadora había terminado la operación y me angustia pensar en quedarme sin servicio.

Otra vez la musiquilla.

– Gracias por mantenerse a la espera -dice la robótica voz del contestador automático-, todos nuestros agentes están ocupados…

Pero, ¿cómo es posible? ¡Si acababa de colgar!

De repente escucho el pitido intermitente de otra llamada entrante. Desvío la llamada poniendo el contestador en espera.

– ¿Hola? ¿Señor? -la voz ya familiar de la operadora me tranquiliza repentinamente.

– Sí, soy yo, se ha colgado, menos mal.

– ¿Ve? Su servicio ha comenzado a dar problemas, tal y como le decía -anuncia vencedora-. Pero vayamos a la grabación para terminar de resolver su contrato. ¿Está usted listo?

– Sí, por favor -contesto agitado.

– Está bien le paso.

Acto seguido regresa la musiquilla y mi corazón se acelera al mismo ritmo que las semicorcheas de la canción. Temo que se olviden de mí y me dejen allí, perdido en la comunicación con un contestador automático. Pero por suerte, no es así. Un par de minutos después se pone al habla otro operador. Esta vez un chico.

– A continuación pasaremos a detallarle todos los puntos de su nuevo contrato. Usted tan sólo tiene que decir “sí” al final de cada pregunta, ¿está usted de acuerdo?

– Sí -contesto obediente.

– Está bien, pues entonces comencemos.

Acto seguido pasa a leer un sin fin de párrafos a toda velocidad que soy incapaz de seguir. Tan sólo puedo intuir el final de las preguntas que realiza por la entonación levemente forzada y el silencio que prosigue. “Sí”, contesto una y otra vez, con más ganas de finalizar que de enterarme de aquello a lo que estoy dando mi consentimiento. Tras media hora de preguntas, concluye:

– Bien, pues ya hemos finalizado la grabación. Muchas gracias por su amabilidad y buenas tardes.

– Gracias y buenas tardes -me despido con la sensación de haber metido la pata hasta el fondo.

Aún quedan tres días para que venga el técnico y me propongo no pensar demasiado en la conversación mantenida. Aunque, francamente, no me es posible. Comento con mi mujer lo sucedido.

– ¿Estás seguro de lo que vas a hacer? -pregunta con desconfianza.

Yo me encojo de hombros.

– ¿Es que acaso tengo otra opción? -contesto abatido. Ella frunce el ceño.

– No lo sé, ¿has mirado en Internet a ver qué dicen otros?

No se me había ocurrido hacer algo tan obvio. Todo me pilló tan de sorpresa que ni siquiera me había molestado en investigar un poco. Pero ella siempre es mucho más previsora que yo y eso me hace sentir aún más inseguro con mi decisión.

– No. Pero piensa que, en todo caso, el servicio es mucho mejor. Tu también deberías cambiarte.

– No sé -duda ella-, déjame que mire un poco y ya te digo algo.

Al día siguiente, a la misma hora recibo otra llamada. Esta vez es de mi compañía antigua, la que me instaló la fuente C-3.

– Hola, buenas tardes. ¿Hablo con el titular de la línea? -todos los comerciales empiezan diciendo lo mismo. Esta vez se trata de un hombre. Parece un poco menos sosegado que la de Label C. Q., más histriónico.

– Sí, soy yo.

– ¿Cómo está? Le habla Santiago. El motivo de mi llamada es para confirmar el cambio de servicio a Label C.Q. ¿Ha solicitado usted este cambio?

– Sí, bueno, llamaron el otro día… -trato de aclarar, pero, al parecer, todos son iguales. No dejan hablar.

– ¿Y podría saber a qué puede deberse este cambio? ¿Ha tenido usted algún problema con nuestro servicio?

– En realidad no -digo con sinceridad-, pero la señorita me comentó que ustedes iban a cerrar el servicio de la fuente C-3 en breve y que…

– ¡Ja! -ríe al otro lado de la línea- ¡Típico de estas compañías nuevas! Permítame decirle que ha sido usted víctima de una de las estrategias de venta más antiguas de la historia.

– ¿Cómo dice? ¿No era cierto? -pregunto molesto.

En cierto modo, me indigna haber sido engañado de esa manera, pero, por otra parte, me tranquiliza pensar que mi fuente no va a servir de pasto para un cementerio tecnológico.

– ¿No van a finalizar el servicio?

– Bueno, en realidad, eso es cierto -sentencia el operador-, pero lo de lo que no le informó la señorita es de que en nuestra compañía ya tenemos previsto la solución.

– ¿Ah, sí?

– Sí señor. Podrá usted renovar su fuente anticuada por la novedosa C-11 sin coste alguno si se queda con nosotros.

De nuevo vuelvo a sentirme aliviado.

– ¡Estupendo! No me apetecía nada tener que cambiar el chip con otra compañía. Me tranquiliza usted.

– ¿Chip? No, nosotros no cambiamos el chip, eso es una chapuza. Nosotros cambiamos la fuente entera para mantener un perfecto rendimiento en la comunicación. Además le ofrecemos un aumento en su capacidad de almacenamiento. Concretamente seiscientos terabytes de subida a la nube y mil doscientos de almacenamiento interno.

– ¡Oh! En ese caso…

– Y, por supuesto, podrá usted navegar con el nuevo sistema sin gafas de navegación y sin necesidad de cerrar los párpados.

– ¿Y cómo es eso?

– Tan sólo tendrá que desear ponerlo en funcionamiento. La nueva fuente incluye un moderno sistema de fragmentación ocular que le permitirá visionar hasta cinco situaciones al mismo tiempo. Podrá usted trabajar al mismo tiempo que ve una película o lee las noticias del día.

– ¡Estupendo! ¡Eso es fantástico!

– ¿Le interesa entonces?

– ¡Pues claro!

– Bien, entonces tendremos que cancelar la portabilidad a la otra compañía y podrá usted mantener el servicio con nosotros, ¿está de acuerdo?

– Por supuesto -digo aliviado.

– Comunicarle entonces que esta mejora en su servicio no tiene coste alguno para usted, pero sí le obliga a permanecer con nosotros un mínimo de quince años.

– ¿Quince años? ¡No sé si viviré tanto! ¡Ja, ja!

– Sí, ja, ja, no se preocupe. La compañía únicamente quiere garantizar el coste de los servicios realizados. Probablemente ni siquiera llegue a agotar el plazo de permanencia. Antes se lo renovarán con un nuevo producto.

– ¿Nuevo producto?

– Sí señor, las comunicaciones avanzan rápidamente y seguramente inventen nuevas fuentes, más potentes, con mayores garantías.

– Está bien, adelante -zanjo con confianza. Al fin y al cabo se trata de la compañía que me había instalado la fuente inicial. No tengo quejas del servicio.

– La liberalización del mercado ha provocado este tipo de inconvenientes -aclara el hombre refiriéndose al incidente con Label C.Q.-. ¿Cuándo le vendría bien que pasara el técnico?

– Hum… el sábado -recuerdo lo que le había dicho a la otra operadora. El sábado era el mejor día-. Tardarán seis horas aproximadamente, ¿no?

– ¿Seis horas?

– No caballero, nosotros no hacemos ese tipo de trabajos. En un plazo máximo de cuarenta y ocho horas le devolveremos su nueva fuente que el mismo técnico le instalará.

– ¿Devolveremos? ¿Cuarenta y ocho horas?

– Sí… veo que nadie le ha explicado el procedimiento. No se preocupe, yo se lo aclaro en un momento -dice el hombre condescendientemente-. El técnico le visitará el sábado para extraerle la fuente.

– ¿Extraerme la fuente?

– ¡Claro! Pero no se preocupe. El técnico va dispuesto con el material necesario para conservar su fuente. No perderá ningún dato en el proceso.

– ¿Llevarse mi fuente?

– …sí. Para ello necesitará realizar una intervención sencilla. Le extraerá el cerebro y lo llevará a nuestro centro de procesamiento más cercano donde, una vez instalada la nueva fuente, estará lista para reinstalarla en su cabeza.

– ¿Mi cerebro?

– Sí, así nos ahorramos los inconvenientes de la estancia y usted podrá permanecer en su casa.

– Pero… ¿usted se está escuchando? ¿Qué voy a hacer yo sin mi cerebro?

– Pues… francamente, poca cosa. Su cuerpo será criogenizado con un moderno sistema portátil y permanecerá como si estuviera dormido hasta que llegue de nuevo el técnico. Ni se enterará de que han pasado las cuarenta y ocho horas, créame.

– Pero… ¿de verdad que no hay ningún problema? -pregunto con ciertas reservas. Es la primera vez que escucho algo así. Pero lo cierto es que cuando me instalaron la fuente necesité estar dos días en un hospital, completamente sedado.

– Ja, ja, no, tranquilo. Es un procedimiento de lo más habitual. No suele haber problemas.

– Está bien, en ese caso, habrá que fiarse, je, je. Supongo que los avances permiten este tipo de cosas sin riesgos -digo, más por calmarme yo, que por darle la razón.

– De acuerdo, ¿comenzamos la grabación entonces?

– No, una última cosa. ¿Tendré problemas con Label C. Q.?

– Para nada. Ellos aún no le han dado de alta el servicio, por lo que no podrán cobrarle ningún tipo de penalización. Por ley usted puede desistir del servicio hasta cuarenta y ocho horas de haberle instalado la fuente, de manera que está dentro del plazo.

– Genial, entonces adelante.

– Venga.

Otra vez la misma operación. El operador habla como si quisiera dejarme atrás. Vocaliza mal y atropelladamente. Su dicción es terrible, molesta. Pero yo no veo el momento de consultar mis dudas, de interrumpirlo. Temo que tengamos que empezar desde el principio. Así que la grabación finaliza de la misma manera que la anterior. Con la seguridad de haber metido la pata nuevamente.

Esa noche sí que sigo las recomendaciones de mi mujer y consulto la información que puedo encontrar en Internet respecto al servicio y las consecuencias de la instalación de la nueva fuente. Por lo general encuentro buenas referencias. Los clientes parecen satisfechos. Salvo por algunos comentarios que me parecen exagerados y que termino por obviar. Parálisis cerebral, inmovilidad permanente, amnesia… Son pocos los que ponen pegas, y la mayoría supongo que son familiares de los supuestos damnificados. Pero me llama especial atención un mensaje más o menos recurrente entre determinados usuarios. Hablan de un extraño mal, conocido como el Síndrome de la Fuente Déjà vu. No termino de entender exactamente las causas del síndrome, pero básicamente se trata de una enfermedad causada por un error en la fuente. Ésta guarda todas las imágenes que el ojo capta, pero siempre produce el mismo error en el sistema: “Ya existe otro archivo con el mismo nombre, ¿desea reemplazarlo?”. Esto provoca a la persona una constante sensación de Déjà vu bastante molesta. Todos coinciden en estar viviendo una vida que ya conocen.

Por un momento imagino lo que significaría sentir algo así. Quizás no sea tan malo. Podrías saber lo que va a pasar justo un instante antes de que suceda. Aunque, me temo, que tan sólo será una sensación. Nunca podrás reaccionar a tiempo para cambiar el futuro. Termino por obviar lo referente al extraño síndrome. Me parece algo improbable y raro.

Al día siguiente recibo una nueva llamada. Esta vez de Label C.Q. Es una operadora.

– Buenos días, ¿hablo con el titular? -su voz suena mecánica, distraída, desganada, como quien está acostumbrado a repetir mil veces las mismas frases.

– Sí, soy yo.

– El motivo de mi llamada es su petición de anular la portabilidad de nuestro servicio -habla como si yo no estuviera al otro lado de la línea.

– Efectivamente. Ayer mismo me llamaron de mi antigua compañía… -trato de explicar.

– ¿Puedo saber a qué se debe su decisión? -sentencia despectivamente.

– Como intentaba explicarle, ayer me llamó me antigua compañía y me ofrecieron una oferta mejor -contesto.

– ¿Y no prefería mantener el servicio con nosotros? Podría ofrecerle alguna mejora. Le podríamos instalar la C-12.

– ¿Y eso qué supondría?

– La C-12 es la mejor fuente del mercado en estos momentos. Almacenamiento interno ilimitado, mil teras en la nube, grabación antiparpadeo, fragmentación ocular con hasta diez canales, comunicación telepática con otras fuentes de la misma generación…

– ¿Comunicación telepática? -me intereso por ese dato en concreto.

– Sí, en efecto. ¿Tiene usted pareja?

– Pues sí -contesto.

– ¿Y qué tipo de fuente tiene ella instalada?

– Una C-3.

– Muy antigua, pero si ella se instala la C-12 con nosotros podrían comunicarse telepáticamente a una distancia de hasta cien kilómetros. Por ejemplo, ustedes podrían hablar desde sus respectivos trabajos sin tener que pronunciar una sola palabra.

Lo cierto es que me seduce la idea. Los avances tecnológicos siempre me llamaron la atención, aunque siempre estuvieron fuera de mis posibilidades económicas. Pero esto…

– ¿Le instalamos nosotros la fuente a su mujer?

– No, se la instaló la misma compañía que a mí.

– De acuerdo, pues ahora mismo tenemos una oferta por la instalación de dos fuentes. Por su fuente y la de su mujer además le podemos ofrecer almacenamiento ilimitado en la nube. Y un año de subscripción gratuita al canal interactivo.

– ¿Canal interactivo?

– Sí, no sólo podrán ustedes disfrutar de las mejores películas, documentales o partidos de fútbol como si estuvieran allí mismo, sino que podrán intervenir en las secuencias, alterando el curso de los acontecimientos, participando activamente.

– Creo que no lo entiendo bien .

– Imagínese que está usted viendo un Madrid-Barcelona, pues usted podrá también marcar un gol por su equipo favorito. O parar una falta del contrario. Lo que quiera.

– No me gusta el fútbol, lo siento.

– Bueno hombre, da igual. Imagínese que está viendo… por ejemplo… La guerra de los mundos, ¿la conoce?

– Sí, por supuesto.

– Pues usted podría luchar contra los aliens también.

La sola idea de luchar contra esos bichos me produce pánico.

– Tenemos un canal erótico muy interesante…

La imagen me pilla por sorpresa. La mujer ha sido muy hábil dejándolo caer.

– Bueno, bueno -desvío la atención, me resulta un poco incómodo hablar de eso con una desconocida-, me parece muy interesante el servicio…

En ese momento pienso en Graciela, mi pareja. A ella no le gustará que la meta en todo esto. Al final y al cabo, la comunicación digital tampoco es tan mala. Ella es bastante contraria a tantos avances. Y lo del canal interactivo… me produce cierta inquietud. No nos gustaría.

– …pero creo que no puedo aceptarlo. Me quedo con la anterior compañía -acierto a decir.

– ¿Está usted seguro? Nuestro servicio es increíble.

– Ya… -me hace dudar-, pero no, ratifico mi decisión.

– Está bien -la mujer suspira resignada, como si no pudiera entender mi decisión-. En ese caso comenzaré a tramitar la cancelación.

– Muchas gracias, es usted muy amable.

– Decirle esto le supondrá una penalización.

– ¿Cómo dice? -pregunto sobresaltado- Tengo entendido que por ley puedo rescindir el contrato hasta cuarenta y ocho horas después de la instalación del servicio. ¡Aún estoy dentro del plazo!

– Usted firmó una permanencia con nosotros de diez años y está obligado a cumplirla. Y si rompe el contrato antes, como es el caso, nos vemos obligados a cobrarle una penalización.

– Pero… de eso no me informaron cuando contraté el servicio…

– Sí, usted aceptó los términos en la grabación.

Entonces recuerdo la maldita grabación. De todos aquellos párrafos que apenas pude entender. ¡Maldita sea! Tenía que haber estado más atento. Ahora ya no puedo hacer nada por resolverlo.

– Está bien… ¿y de qué se trata esa dichosa penalización?

– Cien mil divisas nacionales.
– ¿Cómo? ¡Pero si eso es gran parte de mi salario anual! ¿Me tomas el pelo?
– No. En su caso no le cobramos nada por la fuente. Sin embargo, existen unos gastos de gestión… Tenga en cuenta que los materiales que usamos son muy caros. Además, ¡usted aprobó las condiciones en la grabación!
– Ya… la dichosa grabación… Pero mi compañía me dijo que no podían cobrarme nada.
– Pues hable usted con ellos. No puedo decirle otra cosa.
– Comprendo. Ahora mismo les llamo, se van a enterar.
– Entonces, ¿cancelamos la portabilidad? -la mujer recupera su tono monótono y repetitivo. – Pues… Déjenme hablar primero con ellos.
– Perfecto. Entonces cuando lo tenga usted claro nos devuelve la llamada y nos lo comunica. Y no olvide que tiene de plazo hasta mañana.

Cada vez me resulta más surrealista todo. Empiezo de nuevo a sentir el sudor frío en la frente que aparece siempre que me encuentro en un callejón sin salida. Llamo a mi antigua compañía y, tras tenerme a la espera durante más de media con aquella fastidiosa musiquilla, me ponen con un operador.

– Le aconsejo que se vaya a la oficina del consumidor -dice, y se queda tan ancho.

– ¿A la oficina del consumidor? ¿Eso es todo lo que puede decirme? -pregunto enfadado.

– No puedo decirle otra cosa, es mi recomendación. No creo que sea legal que le cobran esa suma.

– Póngame con su superior, por favor -le ordeno.

– No me está permitido.

– ¿Cómo? Exijo hablar con su superior -grito.

La comunicación se pierde, seguramente es el operador el que ha colgado. Pero yo no desisto y vuelvo a marcar. Esta vez me mantienen sólo quince minutos en espera. El tiempo corre en mi contra. El día de plazo se agota.

– Le habla Rosa, ¿puedo ayudarle en algo?

– ¿Que si me puede ayudar en algo? ¿Dígamelo usted? -comienzo la conversación de forma un tanto agresiva. Estoy alterado y muy enfadado.

– Si usted firmó ese contrato… tendrá que hacerse cargo -comenta la operadora tras escuchar mis argumentos.

– ¿Pero usted me ha escuchado? Le digo que su compañía me convenció para cancelar la portabilidad de Label C. Q.

– Pero es que yo no puedo hablar por Label C.Q. Desconozco el tipo de contrato que usted firmó con ellos.

– ¿Cómo? ¿Ahora me vienen con esas? Si me dijeron que no tendría ningún problema, que no cobrarían penalización si lo hacía dentro del plazo.

– Hable usted con atención al cliente de Label C. Q., nosotros no podemos hacer nada más que cancelar la cancelación de la portabilidad, si lo desea.

No acabo de seguirla. Me he perdido con tanta cancelación. Y eso es precisamente lo que me apetece hacer en este momento. Mandarlo todo al carajo. Pero no puedo. Me tienen atrapado.

– Póngame con su superior, si es usted tan amable -digo tratando de mantener las formas esta vez.

Pero es inútil. La operadora insiste en que no hay nadie allí que pueda resolver mis dudas y finalmente cuelga. Tengo que hacer algo, y cuanto antes. El tiempo se echa encima. Decido seguir el consejo del primer operador y dirigirme a la Oficina del Consumidor. Si salgo un poco antes del trabajo llegaré antes de que cierren.

– ¿Ha pedido usted cita? -me dicen en el mostrador.

– No, pero necesitaría hacerles una consulta hoy mismo, no puedo esperar a mañana -insisto nervioso.

– Mire a su alrededor -dice la recepcionista señalando a un buen número de personas que esperan en una diminuta sala de espera. Hay tanta gente que todos se mantenían de pie-. Todos ellos tienen cita. Y cerramos dentro de quince minutos.

Su mirada denota una falta de empatía. No le importa mi situación y, en parte, es lógico. Allí hay otras muchas personas con problemas similares al mío, o incluso peores. Aunque, francamente, no se me ocurre nada peor que lo que me está sucediendo a mí.

– Escuche, si lo desea, puede contactar con la Oficina telemática. Quizás tenga más suerte. Le puedo facilitar el teléfono -dice ella, ahora un poco más comprensiva.

– Sí, por favor.

No espero a llegar a casa. Llamo directamente en la calle. No puedo perder más tiempo. Pero para mi desgracia me descuelga el teléfono un contestador automático. Todos los agentes están ocupados y, cómo no, para hacerme la espera un poco más acogedora, me colocan una de esas asquerosas musiquillas. Las de las compañías móviles son animadas, juveniles. Pero ésta es mucho más sobria. Podría decirse que incluso aburrida. Supongo que lo hacen para tranquilizarte un poco antes de hablar contigo.

– Oficina del consumidor, le habla Francisco, ¿en qué puedo ayudarle? -contesta alguien al fin.

El protocolo de bienvenida parece el mismo que el de las compañías de comunicación, cosa que me rechina bastante. Le cuento a Francisco todo lo sucedido, una vez más. Me lleva más de diez minutos hacerlo.

– Estoy realmente preocupado por la situación. Me da miedo esta gente, sinceramente -confieso desesperado.

– Le comprendo -aquellas dos palabras suenan como música celestial en mis oídos, ¿será posible que haya dado con la persona que pueda resolver mi problema?-. Se trata de un protocolo “fósil”.

– ¿Fósil? No comprendo.

– Sí, es uno de esos protocolos que se llevan realizando durante décadas. Las compañías de comunicación los desarrollaron a primeros del siglo pasado y aún los llevan a cabo, porque les funciona. Nunca falla.

– Entonces… ¿me está diciendo que he caído en el timo de la estampita?

– Algo parecido. Pero no se preocupe, no es el único. Le sorprendería la cantidad de gente que se encuentra en su misma situación.

– ¿Y qué se puede hacer?

– Bueno, vayamos por partes. En principio la compañía legalmente no puede cobrarle este importe. Es una práctica ilegal. Sin embargo, puede que lo haga y usted puede reclamarlo en esta misma oficina.

– ¿Y podría anular el pago?

– Claro, está usted en su derecho. Puede pagarlo y presentar la reclamación, en cuyo caso iniciaríamos una reclamación por vía administrativa que viene tardando unos seis meses en ser resuelta. Con total seguridad sería a su favor y la compañía estaría obligada a devolverle todo el dinero.

– Bien, eso me deja mucho más tranquilo, pero yo no puedo esperar tanto tiempo. Se trata de una elevada suma. ¿Y qué ocurriría si no pago?

– En ese caso nos envía el recibo de pago igualmente y el proceso sería exactamente igual.

– Ah, bueno, entonces no pago.

– Como usted lo prefiera, pero si no paga, la compañía le introducirá en un listado de morosos hasta que se resuelva el conflicto dentro de seis meses.

– ¿Y eso… me supondría algún problema?

– Sí, le anularían las cuentas del banco, no podría solicitar ningún préstamo y posiblemente le congelaran la información almacenada en la nube, así como la fuente que tenga usted instalada. Pero sólo hasta que se resuelva el conflicto por vía administrativa.

– ¿Seis meses sin fuente, sin cuentas bancarias… sin nada?

– Sí señor, la ley se muestra muy dura con los morosos últimamente.

– ¡Pero si yo no soy un moroso! -digo alterado.

– Lo comprendo señor, pero no todo el mundo paga, compréndalo.

– Bueno, bueno… a ver. Entonces lo mejor será pagar, ¿no es así?

– Es una opción -contesta con ambigüedad el agente.

– Pero… yo no dispongo en mi cuenta de todo ese dinero que me reclaman…

– En ese caso le incluirán igualmente en la lista de morosos.

– ¿Cómo?

No puedo creerlo. Estoy en un callejón sin salida. Da igual el paso que dé. La compañía es propietaria ya de mis actos. Y sólo cabe una opción. Anular la cancelación de la portabilidad y mantener el servicio de Label C. Q., con una permanencia de diez años. Bien mirado, no es para tanto. La hipoteca de mi vivienda es el doble y no le di tantas vueltas.

– Buenas tardes, le habla Cristina, de Label C. Q., ¿en qué puedo ayudarle?

– Me gustaría anular la cancelación de una portabilidad.

– ¡Ah! ¿Entonces ha elegido usted mantenerse con nosotros? Le doy mi enhorabuena, no se arrepentirá -dice la muchacha. Parece sincera, aunque yo ya no puedo creerme nada.

– Muchas gracias -contesto obediente.

– Ahora mismo le realizo la operación para que mañana mismo pase el técnico a instarle su nuevo chip. Está dando muy buenos resultados, ya verá…

– Ajá -mi tono suena mecánico, como si me estuviera acostumbrando a repetirlo una y mil veces.

En cinco minutos hemos acabado.

– Muchas gracias por su tiempo y gracias por confiar en nosotros -se despide la operadora.

– Gracias a usted.

Esta tarde no salgo de casa. Me encuentro deprimido, ausente. Prefiero tumbarme en la cama y dormir.

– ¿Cómo te va con tus gestiones tecnológicas? -me despierta mi pareja a media tarde.

– Bueno, preferiría no hablar ahora de eso. Al final me quedo con Label C. Q. -contesto para no dar mucha importancia a lo sucedido. No me apetece tener que darle explicaciones.

– ¿Y eso? ¿Pero no te ibas a mantener con la compañía actual?

Al final tengo que contárselo todo. Espacio, durante el cual, ella se limita a fruncir el ceño y resoplar como cuando está enfadada.

– ¡Y todo por mejorar la fuente! ¡Te lo advertí!-replica al final, sin más.

Yo me doy media vuelta y me tapo la cabeza con la almohada. No estoy de humor para discutir.

A la mañana siguiente me despierta el sonido del timbre. Mi pareja ya está levantada, de manera que es ella la que abre la puerta de entrada.

– ¿Está en la cama? Mucho mejor, no le levante. La intervención tiene que hacerse en vertical y después necesitará estar tumbado unas horas -escucho decir al técnico.

Suenan pasos por el pasillo, de camino a la habitación.

– Es por aquí -le indica amablemente ella.

– ¡Buenos días! -anuncia el técnico- No, no se moleste. Manténganse en la cama, en un segundo tendré preparada la herramienta y podremos comenzar.

El hombre trae consigo una bolsa de deporte que coloca en el suelo y abre con cuidado.

– Tendré que desconectar la fuente unas horas -explica mientras va extrayendo cuidadosamente el material de la bolsa-, es imprescindible que usted esté inconsciente. Ya sabe… sería un mal trago para usted despertarse y verse el cráneo abierto -bromea.

Yo no tengo el cuerpo para gracias. No digo nada. Sólo quiero que acabe y empiece cuanto antes. Aunque, en realidad, no tengo motivos para sentirme así. He conseguido renovar mi fuente sin costes, salvo por el tema de la permanencia. Tengo que estar contento, voy a poder disfrutar de un sinfín de mejoras. Pero no lo estoy.

Para desconectar la fuente, el técnico usa un pequeño artilugio plateado que previamente sincroniza con las ondas de mi antiguo chip.

– Será sólo un segundo. Después le despertará una operadora. Como si nada de esto hubiera sucedido. Yo me habré ido. Recuerde que tal vez tenga una sensación extraña durante las primeras horas. Es conveniente que beba mucha agua y guarde reposo al menos hasta mañana. Y después… ¡a disfrutar!

Yo asiento con la cabeza, mirando de reojo a mi mujer, que observa la operación con los brazos cruzados desde el otro extremo de la habitación. Se la ve molesta.

Me despierta el sonido de una llamada entrante.

– ¡Buenas tardes! ¿Hablo con el titular de la línea? -la voz de la operadora se escucha eufórica, como si estuviera a punto de anunciarme que he resultado ganador de un suculento premio.

No puedo hablar, apenas balbuceo un sí. Tal y como me había anunciado el técnico, me siento extraño, como embotado. Es una sensación desagradable.

– Muy bien, el motivo de mi llamada es para asegurarme de que la intervención se ha realizado con éxito y para darle la bienvenida a nuestro servicio. ¿Tiene alguna consulta?

Vuelvo a balbucear algo completamente ininteligible. Dudo que la operadora pueda entender lo que he dicho, pues ni yo mismo lo tengo claro. Me resulta difícil ponerle palabras a mis pensamientos.

– ¡Genial! Me alegro de que todo haya ido correctamente. Pues nada, lo dicho, ¡bienvenido a Label C. Q.!

Acto seguido la operadora corta la comunicación y yo vuelvo a quedarme dormido. Al cabo de un espacio de tiempo indeterminado me despierta mi pareja. Me siento mucho mejor. Por suerte, todo ha ido bien. La intervención ha sido un éxito. Ya dispongo de un nuevo chip. Y lo mejor de todo es que no hay efectos secundarios.

– ¿Cómo te va con tus gestiones tecnológicas? -pregunta ella.

Tengo la sensación de haberle escuchado esa misma frase en otro momento y de que ya le había respondido a esa pregunta. Aún debo de estar un poco embotado. De manera que le explico todos los pormenores de mis gestiones con las compañías de telecomunicaciones. Y cada frase que digo me resulta familiar, como si ya la hubiese dicho antes. Algo extraño.

– ¡Y todo por mejorar la fuente! ¡Te lo advertí!-replica al final sin más.

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