El feminismo que nos salva

He intentado dejar de fumar alrededor de seis o siete veces. La primera vez, me animó mi pareja. La segunda, lo hice cuando nació mi hija mayor, por eso de que no me oliera a tabaco y alejar de ella los humos. Luego, con la pequeña… Y, como os podéis imaginar, todas ellas volví a caer. En algún intento duré casi un año, otro seis meses, pero siempre volví. Había cierto desapego en mis intenciones que me hacía poner la responsabilidad de mis hábitos saludables en otros. En mis hijas, en mi pareja, en mis padres… Pero solo hasta que, hace ya tres años, decidí dejarlo por mí mismo, asumiendo mi responsabilidad, fue cuando conseguí lograrlo de una vez por todas.

Esto me recuerda un poco, salvando las diferencias, a lo que últimamente escucho a algunos hombres, sobre todo políticos con voz e impacto en la opinión pública, respecto al feminismo. Me refiero al ya manido comentario “lucho por la igualdad, porque yo también tengo una madre, una pareja, hermanas o incluso hijas, y deseo para ellas un mundo más justo…”. Hay algo de desapego en su lucha, como si la responsabilidad última recayera, una vez más sobre ellas, como si el feminismo fuera sólo una cosa de mujeres, como si la igualdad y la justicia no nos beneficiara también a los hombres. Y, claro, cuando uno siente que el beneficio no es para todos, que no es para sí, sino que al final lo van a disfrutar otras, es muy fácil, por muy buenas intenciones que se tengan, terminar delegando responsabilidades también en las demás, en aquellas a las que supuestamente está dirigida esta “lucha”. Por lo que, al final, quienes piensan así, vuelven a caer una y otra vez en la toxicidad del machismo, como yo mismo lo hacía también con el tabaco.

Y es que la igualdad no es una cosa de mujeres, sino de todos y todas, porque a veces se nos olvida (a los hombres fundamentalmente, pero también a algunas mujeres) que, además de perder privilegios para que ellas ganen oportunidades, nosotros también vamos a ganar en esta nueva visión del mundo que es imprescindible construir entre todas y todos. Ganaremos al compartir más lugares con mujeres, porque estaremos estableciendo espacios comunes en igualdad donde poder aprender los unos de los otros. Ganaremos en la relación con nuestros hijos e hijas, porque podremos pasar más tiempo con ellas y disfrutarlas. Ganaremos en libertad, porque podremos decidir si queremos realizarnos sólo desde el plano laboral o desde el plano que nos dé la gana. Ganaremos en sensibilidad, porque no necesitaremos estar siempre demostrando que somos el sexo “fuerte”, con la violencia que eso conlleva a veces, sin necesidad de ser siempre los más valientes, ni los más ágiles, ni los más cachas, ni los más seguros (porque, no nos engañemos, no es casual que, siendo la violencia -ya sea física, verbal, psicológica o institucional- una de las principales herramientas de sometimiento del patriarcado, seamos los hombres los que hayamos sido educados para su utilización). Ganaremos en autonomía, porque no seremos como esos hombres que siempre han necesitado una mujer a su lado que les haga sus cosas. Ganaremos también en oportunidades, porque podremos destinar nuestras vidas a cualquier actividad, aunque ésta estuviera dirigida conscientemente a ser realizada por una mujer.

Y todo esto, lo ganarán, además, nuestras madres, parejas, hermanas e hijas; y también nuestros padres, parejas, hermanos e hijos. Pero sobre todo, lo ganaremos nosotros.

Pero es que el feminismo es, además de la igualdad, incluir en nuestro modelo de vida, los cuidados, la oportunidad de cuidar y ser cuidado, independientemente del sexo. Y en este cuidarnos hay implícitas otras ganancias que no siempre tenemos en cuenta. Me refiero a todo lo que tiene que ver con el cuidado de nuestras familias, de nuestros mayores, de nuestras relaciones, de nuestro entorno más cercano y, por supuesto, del medio ambiente. Un cuidado, este último, que no sólo es una ganancia, sino una incuestionable y urgente necesidad, porque de ello dependerá nuestro futuro como espacio en un breve espacio de tiempo, según dicen los expertos (aunque aún halla quien planteé, a estas alturas, y fundamentalmente desde el espacio de poder del patriarcado, de las clases dominantes, que esto no es más que una falacia, un cuento).

Por eso, el feminismo nos interpela a todos y todas. Por eso, tampoco me creo, como muchas dicen, que el feminismo brote solamente con que las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres, en aquellos lugares donde las mujeres terminen reproduciendo el modelo de dominio-sumisión que ejercen algunos hombres en el patriarcado. No, no me vale que Emilio Botín sea sustituido por una mujer, su hija, Ana Botín, para pensar que nuestra sociedad es más igualitaria. No me vale que una mujer, por el simple hecho de ser mujer considere que es más feminista, aunque luego explote a otras mujeres. No me vale que los hombres, para justificar nuestra supuesta igualdad, seamos tan esclavos de nuestra imagen como lo son las mujeres. No, no me vale el feminismo liberal, porque sigue sin cuestionar ese modelo que no tiene en cuenta las relaciones humanas, que sigue validando al dinero como fuente para ejercer el abuso de poder sobre los que no tienen, los que no se han “esforzado” lo suficiente, los “incapaces”.

El feminismo, para mí, que soy hombre, que tengo múltiples contradicciones y soy consciente de que jamás podré comprender el dolor que una mujer sufre a lo largo de su vida por ser tratada como inferior, que tengo claro que este camino es un proceso en el que jamás se puede decir “he llegado al final”, para mí, el feminismo es el único camino para que todas y todos ganemos.

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