Hamburgueserías y medio ambiente

Este pasado viernes estuvo marcado por la huelga de lucha por el medio ambiente o contra el cambio climático, convocada por el sindicato de estudiantes, al que, como es lógico, sólo estaban llamados a participar los estudiantes. Una huelga que no es más que las vibraciones de una movilización que nos llegan gracias a Greta Thunberg, una estudiante de 16 años (aunque empezó su reivindicación con 15), que todos los viernes se manifiesta frente al parlamento de su país, Suecia. Greta ha servido de inspiración a miles de jóvenes, y está próxima a convertirse en un icono (ya veremos si capitalizado por la industria de la información y pronto veamos su rostro en bonitas camisetas en grandes almacenes). Estos ven, y con razón, que los adultos no somos capaces de revertir esta situación, que hablamos mucho de lo que se debería hacer, pero no somos capaces de dar la vuelta a la tortilla.

Todo esto me ha obligado a reflexionar. Soy maestro interino, residente en Parla. Este año doy clases en un ACE (Aula de Compensación Educativa) en Vallecas, aunque el año pasado tuve que hacerlo en Torres de la Alameda, Villaverde Alto, Moralzarzal y Parla (aquí sólo cuatro días). En cada uno de los nombramientos (convocatorias para “elegir destino”) tenemos que desplazarnos (miles de interinos) al centro de Madrid (calle Vitruvio), y antes de las once estar en la Dirección de Área Territorial que nos haya correspondido para entregar una credencial y formalizar nuestra toma de posesión de la vacante o sustitución. Hay cinco Direcciones de Área: la Central (Vitruvio), la Norte (San Sebastián de los Reyes), la Sur (Leganés), la Oeste (Villalva) y la Este (Alcalá de Henares). Para hacer esto, o tienes coche o te llevan o lo llevas mal.

Todos los días me desplazo a Vallecas en coche para realizar mi trabajo y me siento fatal por ello. Me gustaría contribuir un poco más al medio ambiente. Y, para colmo, han hecho el plan de Madrid Central, que es como una espinita que se me clava cada día un poco más.

En la ciudad donde vivo hay muy pocas empresas, por lo que la mayoría de los vecinos tienen que desplazarse a otros lugares para poder trabajar. Muchos lo hacen también en coche, como yo, aumentando aún más las emisiones de CO2. Tienen que aguantar unas carreteras colapsadas y en mal estado todos los días. Y aquellos vecinos que, o bien no cuentan con la capacidad económica necesaria para poder mantener un vehículo propio, o bien lo deciden así por las razones que sean, se enfrentan cada mañana a una red de trenes que no es capaz de dar un servicio digno a todos los viajeros y que, para colmo, no cuesta mucho menos que el gasoil necesario para poder viajar a sus destinos.

El año pasado, un chico que tuvo la suerte de decidir destino justo delante de mí, pudo elegir Parla. Una plaza para todo el curso en el colegio en el que yo mismo había trabajado cuatro días ese mismo curso. Él no sabía ni dónde estaba Parla y tuvo que preguntar cómo ir. A mí me tocó ir a Torres de la Alameda.

Este viernes algunos de los estudiantes de mi centro hicieron huelga. Muchos de ellos, de los que no asistieron al centro, me han confesado en mis clases que no creen en el cambio climático y que, de ser cierto, no les preocupa mucho, porque creen que no les va a afectar a ellos. Y, por supuesto, dudo mucho que alguno fuera a la manifestación.

Me pregunto qué estamos haciendo en los centros educativos frente a este tipo de discursos. Me pregunto si está realmente en su mano hacer algo. Me pregunto si está en manos de alguno de nosotros. Si sirve de algo perder nuestro tiempo y sudor de pobres para ir a trabajar en un vagón atestado de gente todas las mañanas. Me pregunto si hay algún motivo por el que Parla no cuenta con recursos suficientes para que muchos de sus ciudadanos trabajen en su entorno y no tengan la necesidad de coger el coche. Me pregunto la razón por la que hemos distribuido de esta forma nuestros espacios y quién se ha beneficiado con ello.

Paralelamente, buscaba un documental sobre medio ambiente que ponerle a mis alumnos/as, y me encontré con uno (Cowspiracy) en el que se decía que el 55 % de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial lo producen los animales de granja con sus pedos, concretamente las vacas. Frente al 5 % que producen los tubos de escape de nuestros coches y transportes. Y no sólo esto. Para poder criar a estos animales, necesitamos consumir grandes cantidades de agua y destinar multitud de hectáreas cuadradas para la producción de los cereales con los que las alimentaremos. Por este motivo, se está desapareciendo el equivalente a un campo de fútbol americano de selva amazónica cada minuto. O lo que es lo mismo, 5’5 kilómetros cuadrados al año. Esto significa que, a este ritmo, en diez años habremos destruido el principal pulmón de la Tierra.

Yo vivo en un bloque de viviendas en las que las personas no cuentan con un pedazo de tierra que cultivar y en la que poder criar a sus propios animales. Sin embargo, la cantidad de carne que comemos estas personas requiere de una enorme extensión de terreno para ser criada. Unas hectáreas que otras personas están explotando en nuestro nombre y a las que les están sacando un rendimiento económico. En dicho documental aseguraban que para que nuestro consumo de carne a nivel mundial fuera sostenible, una persona debería comer sólo 60 gramos de carne, leche o derivados lácteos, a la semana. Menos de una hamburguesa, un vaso de leche o una pequeña porción de queso. Y la única razón, desde mi punto de vista, por la que seguimos consumiendo grandes cantidades de carne es porque nos estamos comiendo lo que otros no alcanzan a comer por razones puramente económicas. Es curioso que allí donde se están produciendo las mayores devastaciones de terreno sea donde, paradójicamente, más difícil acceso a la carne tienen las personas. Otro dato impactante que daban en el documental era que si destináramos todos los cereales que se cultivan para la alimentación del ganado a dar de comer a las personas, acabaríamos con el hambre en el mundo. Visto de otra manera, el consumo mundial de carne aumenta las desigualdades, deteriora el aire que respiramos a pasos agigantados y contribuye a la desertización del planeta.

Si miramos alrededor nos encontramos con personas que recorren diariamente decenas de kilómetros para ir a otras ciudades donde sus habitantes también tienen que recorrer decenas de kilómetros para acudir a sus trabajos, que les proporcionan el dinero suficiente para comerse la cuota de carne de otras personas de otros lugares del mundo. Personas que, a pesar de nuestros enormes esfuerzos diarios, nos sentimos mal por no estar contribuyendo al medio ambiente, que reciclamos nuestra basura todos los días (aunque luego no estén muy claros estos procesos de reciclado), que compramos bombillas de bajo consumo (a pesar de que su valor es mucho más elevado), compramos filtros para reducir el consumo de nuestros grifos, que compramos bolsas de papel para no usar las de plástico, que compramos coches eléctricos, que compramos, que compramos…

Tal vez, en lugar de seguir así, las medidas más urgentes por las que deberíamos luchar ya serían precisamente las de potenciar que las personas puedan ir a sus destinos de trabajo caminando o en bicicleta y que nuestra dieta sea mucho menos carnívora de lo que es hasta ahora. Tal vez el resto de esfuerzos sean menos urgentes, aunque no por ello inútiles, pero con un impacto mucho menor. Así que el lunes, cuando me ponga delante de mis alumnos, creo que no voy a hablarles de que no cojan un coche que no tienen, ni que se gasten el dinero en bolsas de papel ni en bombillas de bajo consumo, ni de esfuerzos en separar los envases de la basura orgánica y el resto (que no sé muy bien qué es).

Creo que voy a hablarles de vacas y hamburgueserías…

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