Un Viernes de cuento

img-20170225-wa0007El pasado 24 de febrero tuvimos la suerte de poder compartir un rato con los chicos y chicas de “Viernes de cuento”. Éste es un proyecto que siempre ha despertado mi curiosidad, porque es uno de esos “oasis” que merece la pena cuidar. “Viernes de cuento” nace en el colegio público Virgen del Carmen de Parla. Lo organizan un grupo de madres (entre ellas mi buena amiga Susana SinPecas) y profes del centro que, de forma desinteresada, se juntan cada viernes para aportar lo que pueden a un grupo de niños y niñas, de entre 9 y 12 años, del propio centro. El proyecto nació con el objetivo de fomentar la narración oral y el gusto por los cuentos en los participantes. Imagino que en un principio las movió lo que nos mueve a todas las familias cuando nuestros críos son pequeños: proporcionarles experiencias satisfactorias y enriquecedoras. Sigue leyendo

Navidades y televisión

img_20161227_203840El año pasado me comí las últimas uvas con mi padre en el hospital de Toledo (2013). Concretamente, en una planta en la que todos los días moría al menos una persona, y no precisamente en la intimidad. Habitaciones en las que eran atendidos tres enfermos y que, además, alojaban a sus respectivos familiares. La mayor parte fallecía en compañía de desconocidos o era testigo, como si se mirara en un espejo, de su propio final en los lamentos de personas ajenas a su familia.

Es curioso que lo único que ayudaba a evadirte de aquel ambiente tan indigno y deshumanizado fuese la televisión. Una pantalla como único elemento decorativo en la pared funcionaba a todas horas, aunque casi nadie le prestaba atención. Pero su presencia era suficiente para acercarte, como un clavo ardiendo, al mundo de los vivos. Sigue leyendo

Sucedáneos

img_20141206_170327_1Solía ir a aquel bar. En el que estaba aquella camarera que se parecía a alguien que conocía. Alguien que en otro tiempo encontré atractiva, pero de la que no recordaba exactamente su rostro ni su nombre. En él también estaba aquel otro tipo, el que confundía con otro al que hacía tiempo que no veía, pero que era como su versión envejecida. Y aquel calendario en la pared, cuyo tiempo también me resultaba familiar, pero resultaba distinto. Como si todo en aquel lugar fuera el reflejo oscuro de un mundo mucho más fresco, más real… O tal vez lo verdaderamente real fuera el bar. No lo sé. Incluso la música resonaba a otras canciones más conocidas, más famosas. Pero no lo eran. ¿Has tenido alguna vez esa sensación? Era como si todo en aquel antro tuviera la necesidad de imitar, pero con limitaciones, sin correr el peligro de ser acusado de plagio. La cerveza… el café… sabía similar, olía similar… como un triste sucedáneo, como cuando recibías aquel regalo el día de Reyes. El color era el mismo, la caja era casi idéntica, pero al abrirlo comprendías que era la versión para pobres del juguete que habías pedido a unos traicioneros y elitistas magos.

Sigue leyendo

Carta a los Reyes Magos

ballena2Queridos Reyes Magos,
Esta vez no escribo para pediros nada, o tal vez un poco sí. Quería contaros algo. Algo que es importante para mí porque está relacionado con el lugar donde vivo, donde he crecido, donde he conocido a gente a la que quiero, donde he construido mi proyecto de vida. Se trata de Parla.
En Parla vivió una ballena. Una pequeña laguna formada por mezcla de aguas pluviales y residuales la albergó durante algún tiempo, o al menos… eso dicen. Aquel cetáceo es hoy un símbolo para nuestra ciudad, pero… ¿un símbolo de qué? ¿Un símbolo de crecimiento desmesurado? ¿Un símbolo de desubicación? ¿Un símbolo de escasez de recursos? ¿Un símbolo de varadero? Sigue leyendo

Marionetas

marionetaLa marioneta estaba en perfecto estado. Sí, se percibía a simple vista que no era nueva, que le habían dado bastante uso y, quizás, no muy buena vida. Pero aquellas marcas también formaban parte de su encanto. Hablaban de su historia, de los escenarios a los que se había subido, de las numerosas manos que le habían dado vida. Aunque, en los últimos tiempos, tan sólo había tenido un dueño. Y daba la impresión de que había tenido que repetir una y otra vez el mismo número. Quizás se había tratado de un magnífico éxito. De ahí que la marioneta tuviera aquel gesto permanente en el brazo, como si saludara a media altura con él. Paolo, el reparador de muñecos, sabía de sobra que no era un gesto natural, que aquel maravilloso objeto no había sido fabricado para que tuviera el brazo en alto. La razón por la que no descendía de forma natural hasta la altura de las caderas, tal y como sucediera con el otro brazo, era simple. Aquel gesto se había repetido en tantas ocasiones en los últimos tiempos que los mecanismos se habían viciado. Tal vez hubieran cogido algo de holgura, o se hubiera oxidado alguno de los hierros del armazón, pero el caso era que el muñeco parecía haber sido condenado a un eterno deja vù, como si estuviera en una función eterna. Paolo se veía a sí mismo como a un médico, capaz de curar los más extraños males de sus queridos e impasibles pacientes, las marionetas. Por ese motivo, le gustaba buscarle nombre a las afecciones con las que se iba topando. No era la primera vez que veía un caso como aquel. De hecho, ya tenía catalogada la afección en cuestión. El síndrome del “hilo tenso”. Y también había formulado una definición específica para dicho mal: “El síndrome del hilo tenso hace referencia a los hilos que sujetan las extremidades de las marionetas, y se produce precisamente por un tensado continuado y repetitivo de uno de los hilos. Este síndrome podría derivar en la repetición del gesto que se trataba de producir una y otra vez, incluso cuando no es requerido. En casos graves la marioneta puede llegar a sufrir un movimiento gestual crónico e indefinido, salvo en caso de recibir el tratamiento adecuado, que no suele suponer mucho más que un engrasado y cesado temporal de la tensión del hilo que lo ha producido”. Sigue leyendo

Nos echarán los perros

img_20161112_154617.jpgMe gusta ir a coger setas al bosque. Cuando llegan las lluvias y comienzan a caer las hojas, antes de que el frío escarche la tierra y la convierta en terrones compactos y duros, suelo darme algún paseo en busca de lo que llamo el marisco de la tierra. No conozco en profundidad las variedades de setas, pero me las apaño bien con tres o cuatro tipos que, con un poco de suerte y depende del año, crecen en algún que otro lugar que suelo frecuentar. Aún así, hay años que regreso a casa con las manos vacías, sin nada que echarle a la olla o a la sartén. Así es la tierra. No tiene amigos ni enemigos.

Normalmente salgo solo. Realizo un paseo de montaña de unos cinco o seis kilómetros y le dedico un par de horas. Así que necesito ir ligero y prefiero hacerlo sin compañía. También porque adoro la inmensidad del silencio en el interior del bosque. No hay nada que sobrecoja más que sentirte solo y completamente aislado. El aire moviendo las copas de los árboles, el canto de algún ave solitaria, el crujir de las ramas bajo las pezuñas de algún corzo… Esos son los latidos del bosque. Sigue leyendo

Te subirán a un bote

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Y llegará el día en el que te suban a una barca. Bueno, a un bote de goma. Y te coloquen en uno de los dos tubos de aire que a duras penas provocan que el artefacto consiga mantenerse a flote. Y estarás angustiosamente aplastado por otros que, como tú, tampoco saben nadar. Y lucharéis por no perder el equilibrio, a sabiendas de que una pequeña ola podrá derrumbaros de un golpe a todos. Y soportaréis juntos el frío que se eleva desde la profundidad (no sabes si del mar o de la humanidad), y el miedo, y el hambre, y el sueño. Dormir será tan sólo un horizonte demasiado lejano para vosotros, un privilegio de los que viven al otro lado, los que tienen derechos. Y todo merecerá la pena con tal de llegar al otro lado. Y recordarás lo que otros te han dicho: cuando llegues al otro lado tendrás derechos. Y no hablarás durante todo el viaje, sólo recordarás a los tuyos. Y quizás te mantenga despierto el llanto desesperado de algún bebé inquieto. Y pensarás una y otra vez en la muerte. Y soñarás despierto con unos zapatos secos que cubran tus pies helados. Y tendrás sed, por eso contendrás con más fuerza las náuseas que te arrancará el mar. Y sentirás cómo el motor amenaza con quedarse sin gasolina y detenerse. Y sentirás el papel mojado que entregaste a aquellos tipos para que te subieran a un bote inseguro y sin caldo suficiente para llegar al otro lado. Y te sentirás horriblemente estúpido. Y pensarás que todo es culpa tuya, que ser pobre es culpa tuya, que vivir sin derechos es culpa tuya y que intentar conseguirlos es un delito para alguien como tú.

Y la barca se detendrá. Y la goma de la que está hecha provocará ampollas en tus pies descalzos. Y pensarás de nuevo en la muerte, y en los tiburones que surcan el fondo marino, y en su estómago afilado y frío. Y comprenderás que habrán sido muchos los que, como tú harás en breve, habrán llevado sus huesos al fondo del mundo. Y llorarás asustado, incapaz de encontrar una solución a la inmensidad que se cierne sobre ti. Y vomitarás, aún a riesgo de deshidratación. Y, entonces, en mitad de la noche, cuando toda esperanza se haya perdido, el bote chocará contra algo. En mitad del océano. Una enorme sombra que parecerá engulliros. Y creerás en los monstruos, en el caparazón de la tortuga Morla, en el lomo de Movy Dick. Pero no. Tan sólo una isla. Un promontorio desolado en mitad del vasto mar.

Y descenderéis nerviosos a suelo firme con la esperanza de haber llegado a algún sitio seguro. Y caminaréis nervioso por ese siniestro lugar. Y cuando salga el sol descubriréis horrorizados que en lugar de arena de playa, en lugar de hierba o palmeras, vuestra isla desierta, no es otra cosa que una acumulación de miles y miles de balsas de goma. Una tras otra, una sobre otra. Confirmando así el naufragio de nuestra sociedad.